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Frigidez
e impotencia
Detrás
de todos los trastornos sexuales está el miedo.
Ya hemos hablado de la relación existente entre el
orgasmo y la muerte. El orgasmo amenaza nuestro Yo, ya que
libera una fuerza que no podemos dominar, que no podemos controlar
con nuestro ego. Todos los estados de éxtasis o delirio
—tanto de índole sexual como religioso—
desencadenan en las personas fascinación y temor. El
temor se acrecienta en la medida en que una persona está
acostumbrada a controlarse.
El
éxtasis es pérdida del control.
El
autodominio es una cualidad que nuestra sociedad
valora de forma muy positiva y, que, por lo tanto, inculca
activamente en los niños (¡Ya basta de llanto!).
La afirmación de que un riguroso autodominio facilita
la convivencia social es también muestra de la increíble
falsedad de esta sociedad. En definitiva, el autodominio
no es sino la represión al inconsciente de todos los
impulsos no deseados por una comunidad. Con ello,
el impulso desaparece de la vista, sí, pero tenemos
que preguntarnos qué pasará con él. Por
naturaleza, el impulso tiene que manifestarse, es decir que
pugnará por volver a salir a la superficie, y el ser
humano tendrá que seguir gastando energía para
seguir reprimiéndolo y controlándolo.
Aquí se ve por qué el ser humano tiene
miedo a la pérdida de control. Un estado de
éxtasis o embriaguez “destapa” el inconsciente
y enseña todo lo que hasta ahora fuera cuidadosamente
ocultado. Y el ser humano practica una sinceridad que habitualmente
le resulta dolorosa. “In veno veritas”, decían
ya los romanos. En la embriaguez, de un manso cordero brotan
accesos de furiosa agresividad, mientras que un “tipo
duro” puede echarse a llorar. La reacción es
auténtica, pero socialmente indecorosa: por eso, “uno
tiene que dominarse”. En estos casos, el hospital nos
hace sinceros.
La persona que, por miedo a perder el control, constantemente
se ejercita en el autodominio, encuentra muy difícil
renunciar al control del Yo sólo en la sexualidad y
dejar libre curso a los acontecimientos. En el orgasmo, ese
pequeño Yo del que siempre estamos tan orgullosos,
tiene que desaparecer. En el orgasmo, el Yo muere
(¡...por desgracia, sólo momentáneamente,
ya que, si no, la iluminación sería mucho más
fácil!). Pero el que se aferra al Yo bloquea
el orgasmo. Cuanto más pretende el Yo forzar
el orgasmo, menos lo consigue. Esta ley, aunque conocida,
se olvida con frecuencia. Mientras el Yo desea algo, es imposible
alcanzarlo. En última instancia, el deseo se traduce
en todo lo contrario: desear dormir produce insomnio, desear
potencia hace impotente. ¡Mientras el Yo ansíe
la iluminación no la conseguirá! El
orgasmo es la renuncia al Yo: sólo así
se consigue la “unificación”, porque, mientras
exista un Yo existirá también un “los
otros” y viviremos en la dualidad. Si quieren experimentar
el orgasmo, tanto el hombre como la mujer tienen que relajarse,
dejar que las cosas sigan su curso. Pero, para que haya armonía
en la relación sexual, además de este requisito
común, hombre y mujer tienen que cumplir otros específicos
de su sexo.
Ya hemos hablado extensamente de la capacidad de entrega como
principio de la feminidad. La frigidez indica
no que una mujer no quiera entregarse plenamente sino que
quiere hacer de hombre. No desea supeditarse, no quiere estar
“abajo”, quiere mandar. Estas ansias de dominio
y de poder son expresión del principio masculino e
impiden que la mujer se identifique plenamente con el principio
de la feminidad. Estas alteraciones, naturalmente, tienen
que perturbar un proceso polar tan sensible como la sexualidad.
Esta observación se confirma por el hecho de que las
mujeres frígidas pueden experimentar el orgasmo por
medio del onanismo. En el onanismo desaparece el problema
del dominio y la entrega: una se siente sola y no necesita
acoger a nadie, sólo las propias fantasías.
Un Yo que no se ve amenazado por un Tú se retira voluntariamente.
En la frigidez se manifiestan también los temores de
las mujeres a sus propios instintos, especialmente cuando
se valoran tópicos tales como mujer decente, golfa,
etcétera. La mujer frígida no quiere relajarse
ni abrirse, sino mantenerse fría.
El principio masculino es hacer, crear y realizar. El hombre
(Yang) es activo y, por lo tanto, agresivo. La potencia sexual
es expresión y símbolo de poder, la
impotencia es debilidad. Detrás de la impotencia
está el temor a la propia masculinidad y a la propia
agresividad. Uno tiene miedo a tener que demostrar su hombría.
La impotencia es también expresión de temor
a la feminidad en sí. Lo femenino se ve como una amenaza
que quiere engullirnos. Lo femenino se manifiesta aquí
en el aspecto de la vieja que se come a los niños,
la bruja. Uno no quiere ir a la “guarida de la bruja”.
Ello demuestra también poca identificación con
la masculinidad y por lo tanto, con los atributos de poder
y agresividad. El impotente se identifica más con
el polo pasivo y el papel del subordinado. Tiene miedo a la
acción. Y, una vez más, se entra en el
círculo vicioso de tratar de conseguir la potencia
con la voluntad y el esfuerzo. Cuanto mayor es la presión,
más inalcanzable la erección. La impotencia
debería ser el acicate para averiguar la propia actitud
frente a los temas de poder, fuerza y agresividad y las fobias
relacionadas con ellos.
Al examinar los problemas sexuales en general no hay
que olvidar que en el alma del ser humano hay un aspecto femenino
y un aspecto masculino y que, en definitiva, cada
cual, sea hombre o mujer, tiene que desarrollar totalmente
ambos aspectos. Pero este difícil camino empieza
por la total identificación con la propia sexualidad
corporal. Una vez asumido este polo, se podrá despertar
e integrar conscientemente la parte del alma correspondiente
al otro polo, a través del encuentro con el otro sexo.
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Bibliografía
consultada
“LA ENFERMEDAD
COMO CAMINO” de Thorwald Dethlefsen y
Rüdiger Dahlke
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