Bajo
el manto de la legalidad
Se
ha hablado mucho en los últimos tiempos acerca de
la violencia familiar, de la cual la mujer y los niños
son el blanco privilegiado y el hombre el autor muchas veces
impune. Los golpes, los malos tratos, la violencia psicológica,
a veces más dolorosa que la física, se transforman
en la manera corriente de relación en el seno familiar.
Pero
existe un plano aún más íntimo, en
el que la violencia puede transformarse en la única
manera de comunicación: el sexual.
Muchas
parejas legalmente constituidas están fundadas en
el modelo
- Macho-Viril-Poderoso.
- Mujer-Sumisa-Dependiente.
En
ellas los derechos y obligaciones están desbalanceados,
perteneciendo los primeros casi exclusivamente al hombre
y quedando a la mujer el papel de la sumisión incondicional
cuyo fin es complacer al marido.
El
machismo encuentra en el seno de la pareja sexual la culminación
de su supremacía, que se expresa con menor claridad
y más límites en otros planos sociales.
El
hombre es el único habilitado para mostrar sus apetitos
sexuales, y en ello estriba incluso su imagen de macho viril.
La mujer, en cambio, es censurada en sus expresiones de
deseo, debiendo ocultarlos y responder pasivamente a los
reclamos de su marido. En ese marco desparejo, el hombre
tiene el derecho de satisfacer sus impulsos sexuales más
allá de los deseos de su pareja. El hombre usa
no sólo su fuerza física, sino la presión
económica para lograr de su pareja lo que desea.
Muchas
relaciones sexuales, aun cuando tienen lugar en el marco
del matrimonio, constituyen verdaderas violaciones.
La mujer no elige ni el momento ni las condiciones de
la relación sexual. Está expuesta no
sólo a relaciones displacenteras, sino a los malos
tratos y al riesgo de enfermedades de transmisión
sexual, ya que el hombre está muchas veces habilitado
para mantener otras parejas sexuales fuera del matrimonio.
Por
qué la violencia
Las
experiencias de la niñez, recordadas o no, son elementos
importantes en la construcción de la personalidad,
y están presentes durante toda la vida. En ese sustrato
que actúa como modelo conviven las caricias, cuidados
amorosos y los gestos de ternura de los padres. Junto a
ellos están las reacciones intespestivas, los desprecios,
los gestos violentos, no solamente aquellos que nos tuvieron
como protagonistas, sino también los que presenciamos,
sobre todo en el hogar.
Todo
ese bagaje constituye la materia prima con la cual vamos
a construir nuestro especial modo de relacionarnos en el
plano sexual, basado en la relación de nuestros padres.
Por eso, en la estructura íntima de una persona pueden
convivir la bondad y la ternura con la compulsión
al maltrato y la violencia.
La
agresividad humana, como la de otras especies, tiene un
objetivo muy concreto, el de servirnos de acicate para la
acción, para la "pelea" que significa la
existencia, con todos sus inconvenientes y escollos. Sin
algo de "sana violencia", el hombre no contaría
con la fuerza necesaria para luchar por el logro de sus
objetivos vitales, aún los más básicos,
como conseguir su comida. Qué decir, entonces, del
plano de las relaciones, en el que muchas veces deberá
"luchar" por conseguir su pareja sexual, aun dando
a la relación el marco de legalidad que proporciona
el matrimonio.
Pero
cuando esta agresividad sirve como elemento de dominio
en el marco de la pareja se transforma en una relación
perversa. Incluso se vuelve la condición
necesaria para lograr placer.
En
la pareja, como en toda relación humana, hay una
estructura de poder. Pero esto no quiere decir indefectiblemente
que exista dominio de una parte y sumisión de la
otra. Un dominio que adquiere privilegios basados en la
subordinación y hasta la humillación de la
mujer. Una verdadera relación de pareja incluirá
lazos de poder, pero ellos pueden estar balanceados y estar
orientados a hacer la relación más durable,
más fuerte y más segura.
"Pareja"
tiene también ese significado: igualdad de posibilidades
a pesar de las diferencias de género y las particularidades
personales.
Fuente:
www.latinsalud.com