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Publicado Boletín nº 14

A través del tiempo
¿Cuento o Realidad?
Por Marisa Eleonora Carletti



Esta historia está dedicada a todos aquellos a quienes amé, a quienes me amaron, a quienes hice llorar, a quienes, sin querer los herí, a quienes, por error, me hirieron, a quienes conocí y me cuidaron, a quienes yo cuidé, a quienes me juzgaron sin conocerme, a quienes yo juzgué sin conocerlos, a quienes buscan la verdad a través de Dios, a mis amigos, a mis conocidos y en especial, a mi familia

Marisa Eleonora Carletti

ACLARACIÓN

Esta historia, si bien es verídica, no la escribí para que la crean. Lo hago para compartir mis experiencias con la regresión a vidas pasadas. Como escritora, me ha resultado más fácil hablar de mí en tercera persona utilizando otro nombre al igual que, por respeto, he cambiado el nombre de las personas mencionadas en esta historia con excepción de Montgomery Clift, Elizabeth Taylor y Marilyn Monroe, entre otras celebridades. Este es un humilde testimonio sobre la infinita sabiduría de Nuestro Creador. No intento, de ninguna manera, burlarme de ninguna religión. El alma, sólo le pertenece a Dios y Él no hace diferencias de raza, ni de religión, ni de sexo, ni de nacionalidad. Pero, ésta sólo es mi opinión. Vuelvo a reiterar que está en ustedes creer en esta historia o no. Como lectores, espero que la disfruten.

La autora

Prólogo

Buenos Aires – Argentina – Marzo de 2006

Mónica trataba de recordar el nombre de esa calle. “Niebh”, “no”,”Neibuh”, “no”, “¡maldita sea!, ¿por qué los alemanes usaban palabras tan largas?”. “¿Era Niebuhrstrasse?”. “No importa.”
De mala gana, Mónica se levantó de la cama y se dirigió hacia la computadora. Comenzó a buscar en la Web , mapas de Berlín. Optó por uno y amplió la imagen. Leyó el nombre de todas las calles y avenidas hasta que, encontró la que buscaba: calle Niebhur (Niebhurstrasse). Mónica sonrió satisfecha. Sabía que la calle existía. No era solo un sueño. No era…¿no era qué? De repente, el rostro de Mónica se ensombreció. Su sonrisa se desvaneció. ¿Cómo era posible que soñara con una calle de Berlín cuando nunca había estado allí? No conocía esa ciudad ni sus calles. Jamás había salido de la Argentina. Sin embargo, la calle existía. Allí estaba en el mapa. Muy clara, burlándose de ella. Su corazón comenzó a latir con fuerza. Lo peor del sueño no era precisamente esa calle sino, el uniforme de la GESTAPO que había visto. Si. Iba vestida con el uniforme de la SS. ¿O era otra persona quien llevaba ese atuendo? No, no estaba segura. Lo que sí recordaba era la vestimenta de las demás personas que circulaban por Berlín. Parecía de la década del treinta o cuarenta. Otro detalle era que, algunos pasaban conversando y Mónica entendía lo que decían, aunque ella desconocía el idioma alemán. ¿Sería solo un mal sueño? ¿Una de esas tantas pesadillas que la venían persiguiendo desde su infancia? Pero, la calle existía. ¿Coincidencia? ¿Qué clase de coincidencia era esa?
“¡Maldición!” “Berlín, década del cuarenta, la GESTAPO ”. “¡Había sido un maldito Nazi!”



Capítulo 1

Amman – Jordania – 1916

Mitzja Calen-Ebdul sólo era un niño pero, él no lo sabía. La Primera Guerra Mundial le había robado su infancia. El imperio Otomano se había derrumbado y los británicos trataban de dominar Jordania. Mientras tanto, el país se dividía en grupos guerrilleros que peleaban su propia guerra. Estaban, por un lado, los árabes, quienes querían someter a los jordánicos y por el otro, estaban estos últimos, quienes anhelaban una Jordania independiente.
Con doce años de edad, Mitzja peleaba a la par de los hombres desde que, su corta existencia le permitía recordar. Claro que, él no era el único niño que debía luchar. Otros muchos como él, sufrían de la misma suerte. En aquel sitio, no existían los juegos ni la inocencia. Cuando ya tenían fuerza para cargar un rifle, éste se convertía en su juguete. Pero, la guerra a la que jugaban no era de esas que aparecen en un play station o en los cyber juegos. Esta ocurría en el mundo real y no se trataba de sumar puntos sino, de conservar la vida, de sobrevivir día tras día.
Agazapado tras un muro, Mitzja se refugiaba del infierno que reinaba en las calles de Amman. Las bombas caían como bolas de fuego haciendo retumbar y partir en mil pedazos a las viejas construcciones de la ciudad. Las paredes escupían ladrillos y polvo por doquier. El silbido de las balas era un sonido incesante. Las mujeres corrían desesperadamente con sus niños más pequeños, tratando de escapar de lo que parecía no tener escapatoria. Gritos y lamentos eran los únicos sonidos humanos que se oían. Quienes los escuchaban, no se animaban a emitir sus propios gritos. El miedo los paralizaba. Entre ellos, estaba Mitzja, quien permanecía en silencio respirando fuerte como si el sonido de su propia respiración, lograra apaciguarlo y evitara el tener que escuchar aquellos otros sonidos que desgarraban su alma y oprimían su corazón.

Capítulo 2

Buenos Aires – Argentina – Abril de 2006

- Cáceres. Mónica Cáceres – llamaba la recepcionista de la clínica.

Mónica parecía adormilada. Miró a la recepcionista como si ésta le hubiera hablado en chino.

- ¿Qué?
- El doctor Schwartzmann la espera. Pase, por favor.

Mónica cayó en la cuenta de que estaba en la clínica y se puso de pie de inmediato.

- Si, claro – dijo como pidiendo disculpas y se dirigió al consultorio.

El doctor Nicolás Schwartzmann era un cincuentón de aspecto distinguido y mirada profunda. Ejercía como psiquiatra desde hacía veinticinco años y sobra aclarar que, estaba acostumbrado a escuchar toda clase de disparates. Medía más de un metro noventa y era tan delgado que, a Mónica le daba la sensación de que iba a quebrarse cuando se inclinó y le tendió la mano para saludarla.

- Buenas tardes, Mónica. Sentate, por favor – dijo señalando uno de los sillones cerca del escritorio.

Schwartzmann se sentó detrás del mismo y contempló a Mónica con una sonrisa hecha casi con desgano.

- Parecés cansada
- Anoche no pude dormir bien. Volví a tener el sueño de la Alemania Nazi que ya te conté y desperté asustada. Luego, ya no pude conciliar el sueño

Schwartzmann sonrió con más ganas esta vez. Le gustaba cuando Mónica hablaba usando frases armadas como sacadas de una obra literaria: “ya no pude conciliar el sueño”

- Ese sueño, ¿te perturba?
- Si
- ¿Por qué?
- Es muy real. Parece un recuerdo, no un sueño. Como si realmente hubiera estado allí. No se si soy explícita. Es como si soñara con algo que me ocurrió.
- Pero, vos sabés que no es así. Es decir, una persona tan joven como vos, no pudo haber estado en la Alemania Nazi.
- Eso es lo que me perturba.
- Vuelvo a preguntarte por qué.
- Ya te lo dije
- Si y yo te digo que no pudiste estar allí y que por lo tanto, no es un recuerdo.
- ¿Y si estuve allí?
- ¿A qué te referís?
- No estoy muy segura. No se como explicarlo. ¿Puedo hacerte una pregunta?
- Por supuesto.
- ¿Creés en la reencarnación? Se que sos médico pero, aún así, con la mano en el corazón y no en la razón, ¿podrías aceptar la posibilidad de que existan vidas anteriores?
- Bueno, el mundo de las posibilidades es demasiado amplio. Es cierto que soy médico pero, no dejo de ser humano y, por consecuencia, también me hago interrogantes sobre la razón de la existencia del hombre en éste mundo. En cuanto a la reencarnación, no tengo mucha información al respecto. Sólo se que es una creencia oriental. Pero, si existe, no creo que tenga importancia.
- ¡¿No tiene importancia?! ¡¿Por qué no?!
- Porque es nuestra vida actual la que nos debe importar.
- Es cierto. Pero, ciertos síntomas psicosomáticos, ¿no podrían tener eco en un hecho traumático ocurrido en una existencia previa?
- Para eso está la hipnosis. Claro que, ésta no prueba nada. La mente humana puede crear recuerdos o vivencias que jamás existieron.
- Hay personas que realizan regresiones a vidas pasadas. Si yo lo hiciera, ¿te opondrías?
- No. Vos sos dueña de tus actos pero, te vuelvo a recordar que es tu vida actual lo que importa.
- Igualmente, me gustaría intentarlo.
- ¿Puedo saber por qué?
- Por la misma razón por la que estoy ahora hablando con vos.

Esta vez, Schwartzmann sonrió con ironía.



Capítulo 3

Nueva York – Estados Unidos – 1966

Montgomery Clift se miraba en el espejo. La palabra “demacrado” no alcanzaba para describir su aspecto. “He aquí el ocaso de una estrella”- dijo. Luego, lanzó una carcajada. Le gustaba burlarse de si mismo. Además, ¿era realmente una estrella? Claro que no. Jamás lo fue pero, eso no le molestaba. Todo lo contrario. Le enorgullecía. El resto del mundo podía considerarlo una estrella de Hollywood pero, él sabía que no lo era. Ni siquiera pertenecía a Hollywood y eso era justamente, lo que más le causaba satisfacción. En ese momento, recordó a su padre. “¡Edward, no podés ser actor!”, “Edward, ¡¿qué tontería es esa de que querés ser actor?!” “¡Edward!”. ¡Diablos!- pensó Clift. Esa era la razón por la cual nunca le gustó su nombre y a la hora de elegir uno para usar como actor, había optado por su segundo nombre: Montgomery.
Tenía doce años cuando anunció a su familia que deseaba ser actor. Su madre no se opuso, pero a su padre le pareció la estupidez más grande del mundo. Claro que, pensó que sólo era un capricho pasajero propio de la edad. Pero, cuando Monty tenía quince años y ya trabajaba profesionalmente en Broadway, se dio cuenta que la cosa iba en serio.

- Edward, te dimos una gran educación y la querés desperdiciar siendo un vulgar actor. ¿Por qué?
- Me gusta la actuación.
- ¿Y eso qué importa? ¿A dónde pensás llegar con esa tontería?
- Es una profesión y pretendo vivir de ella.

Su padre bebió otro gran sorbo de whisky. “Ya está ebrio”- pensó Monty.

- Edward, voy a ser claro y breve. Después de todo, ya no sos un niño. O dejás esa ridiculez de la actuación o…
- ¿O qué?
- Deberás arreglártelas por tu cuenta.
- Bien- dijo Monty.

Quince minutos mas tarde, bajaba de su habitación con una valija y dejaba su casa. Se instaló en un pequeño departamento en un edificio sin ascensor que, era lo que su sueldo como actor de teatro, le permitía pagar.
Ahora, después de treinta años, con una carrera teatral y cinematográfica casi impecable que le valieron cuatro nominaciones al Oscar, Montgomery Clift se hallaba mirándose en el espejo de la habitación del tercer piso de su hermosa casa ubicada en el lugar más exclusivo de Manhattan, preguntándose si había valido realmente la pena.
Se miró una vez mas, tratando de buscar en aquella imagen, algo de aquel jovencito de quince años que tuvo el coraje de enfrentar a su padre, abandonar un lujoso estilo de vida y abrazar su amor por la actuación con tanta fuerza y pasión que, le importó muy poco lo que pensaran los demás: “Ni las objeciones de la semi aristocrática familia de su madre ni las opiniones de los ricachones amigos de su padre que frecuentaban la casa de los Clift.”
Pero, no encontró nada. Aquel jovencito se había esfumado. Sólo quedaba un hombre de cuarenta y cinco años que vivía tomando calmantes y alcohol. Ya ni recordaba cuándo había comenzado a ingerir esa nefasta mezcla que lo había llevado, diez años antes, a sufrir un horrible accidente de auto, el cual, había quebrantado su salud física y emocional.
Decidió bajar a desayunar aunque, no tenía apetito. Le costaba respirar y se sentía mareado. Elsa, su ama de llaves de medio tiempo, ya estaría en la casa. Si bien, Monty siempre había sido bastante depresivo, también era orgulloso y no le gustaba que le tuvieran lástima. Por lo tanto, respiró hondamente y tratando de ser fuerte, salió de la habitación. Caminó hacia la escalera y sintió un leve mareo al que, trató de no darle importancia.
Mientras descendía hacia la planta baja, su mareo fue más fuerte y se tuvo que aferrar a la barandilla. Su respiración era agitada pero, la austeridad y la autoexigencia que predominaban en la sangre inglesa que corría por sus venas, no le permitieron flaquear. Se irguió y bajó caminando lenta y elegantemente como un verdadero “gentleman”. “Si, Edward Montgomery Clift hubiera hecho sentir orgullosos a sus británicos ancestros”.
Cuando llegó al living, Elsa estaba allí. A Monty le caía bien. Era una mujer inteligente y a él le agradaba esa cualidad en una persona. Siempre le había gustado entablar una conversación inteligente. Las personas estúpidas sólo conversaban de cosas estúpidas y por consecuencia, aburridas. Monty podía dormirse en una conversación aburrida. Pero, con Elsa podía hablar de cualquier tema sin aburrirse jamás.
El ama de llaves lo miró y trató de disimular la impresión que le causaba el estado frágil y enfermizo de Monty Clift.

- Buenos días, señor Clift. ¿Qué desea desayunar? – preguntó Elsa con un marcado acento hispano.
- Buenos días, Elsa. Todavía no tengo apetito. Tal vez, más tarde.
- Bien – dijo Elsa y se retiró del living.

¡Maldita sea! Esa era otra cosa que fastidiaba a Clift. Siempre había sido demasiado independiente y había realizado todas las tareas de la casa incluyendo las compras y la cocina. Pero en la actualidad, su visión empeoraba progresivamente y ya no podía prepararse un simple desayuno. Se dirigió hacia el vestíbulo donde siempre se hallaba el diario. A los segundos, regresó al living con el New York Times. Fijó su vista en la tapa del mismo. Levantó el periódico y lo colocó muy cerca de su rostro para poder leer.

- No esfuerce su vista. Puedo leerle lo que desee- dijo Elsa y Clift se sobresaltó.
- Sólo quiero saber la fecha.
- Hoy es lunes 18 de julio.
- Es que no alcanzo a ver el año.
- ¿Acaso se ha vuelto paranoico y cree que le traigo diarios de otro año?- preguntó Elsa frunciendo el seño.

Clift le acercó el periódico.

- Usted que puede ver bien, ¿dice 1966?
- No, dice 1948 – contestó Elsa burlonamente.

Luego preguntó, también en tono burlón:

- ¿No me diga que se subió a la máquina del tiempo y no sabe bien en qué época aterrizó?

Clift se rió y no dijo nada. Pero, se quedó pensando en la pregunta de Elsa. “¡Dios mío! ¡Si supiera que no está tan lejos de la verdad!”



Capítulo 4

Buenos Aires – Argentina – Mayo de 2006

Habían pasado dos semanas desde que Mónica realizara una regresión a vidas pasadas y aún, no salía de su asombro. De todas maneras, decidió no comentarlo con nadie. Después de todo, ¿quién le iba a creer?
Estaba bebiendo té en la cafetería de la Avenida Rivadavia y Mendoza, pensando en su experiencia con la regresión y armando el rompecabezas que parecía aclarar muchos hechos de su vida que nunca había comprendido.
Mónica había tenido una infancia idílica. Era la menor y, por lo tanto, la consentida de la casa. Su hermano mayor la había mimado y sus padres habían sido cariñosos y generosos. Desde pequeña, gozaba de una excelente salud y si bien, su familia no era adinerada, nunca le faltó nada. Sus padres le habían dado todo lo que, había estado a su alcance. Pero, en lo profundo de su ser, Mónica albergaba mucho miedo y dolor. ¿Por qué? Esa era una pregunta que en la infancia, se halla de manera inconsciente y que por ende, no busca respuestas. Claro que, la adolescencia se encarga de demandar la explicación de ese gran interrogante. Y al igual que todos los mortales del mundo, Mónica no era la excepción a esa regla. Ni bien se abrieron las puertas de la pubertad, su miedo comenzó a ser más palpable. Era fines de 1988, cuando empezó a escuchar gritos que nadie más oía. Escuchaba el estruendo de las bombas y el silbido de las balas como si afuera hubiera una guerra. El insomnio se apoderó de ella. Su madre trataba de tranquilizarla.

-¡Me van a matar! ¡¿No los oís?! ¡Me gritan que me van a matar! ¡No salgas y no dejes que nadie salga de la casa!
- Nadie te va a matar. Sólo fue una pesadilla.
- Pero, si estoy despierta.
- Todo va a estar bien. Creeme- le decía su madre mientras la abrazaba.

Así fue como vinieron los ataques de pánico y la agorafobia se apoderaba de Mónica, de vez en cuando, haciendo que ésta se encerrase durante meses en la casa, sin querer asomar las narices ni siquiera al patio de la misma.
La terapia psicológica y los psicofármacos la ayudaban pero, el miedo y la pena seguían instalados en ella.
El doctor Schwartzmann era un excelente profesional y la había ayudado mucho. Pero, la regresión a vidas pasadas, le había dado las respuestas que la psiquiatría, no había podido ofrecerle.


Capítulo 5

Buenos Aires – Argentina – Junio de 2006

La biblioteca pública estaba bastante concurrida aquel día. Tal vez, porque afuera, llovía a cántaros. La mayoría eran estudiantes universitarios. A Mónica aquel lugar se le antojaba una especie de iglesia por el silencio que reinaba allí. Muchas veces iba a aquel sitio justamente por ese motivo. La quietud que había en la sala de lectura, la ayudaba a serenarse y a meditar. Aquel día, sin embargo, había ido a leer. Liliana, una joven psicóloga quien la ayudó a realizar la regresión a vidas pasadas, le había sugerido varios libros de Brian Weiss. Weiss es un médico psiquiatra norteamericano que trabaja en una clínica privada del Estado de Florida y en los últimos veinte años, ha ayudado a muchos de sus pacientes con la terapia de regresión a vidas pasadas. Para Mónica, éstos libros eran una especie de refugio donde podía compartir sus experiencias con otras personas que habían sido partícipes de éste método de sanación . Le resultaba difícil dialogar con otras personas sobre lo que había experimentado. Para Schwartzmann solo existía la terapia tradicional. Para su familia, el tema los hubiera inquietado, sobre todo a su padre y a su hermano. “Mónica y sus delirios” “Necesita ayuda” “Mónica no está bien” “Llevémosla al psiquiatra”.
Así había sido en los últimos diez años sin que cambiase mucho las cosas. Terapia psicológica o no, los fantasmas seguían aferrados a Mónica. Recién en estos últimos dos meses, había comenzado a percibir cierta claridad y los fantasmas, de a poco, se iban alejando. En cuanto a sus amigos, no conocía a nadie que supiera mucho del tema. Por lo tanto, no podía compartir lo que había vivido con ninguno de ellos. Sólo con Liliana con quien hablaba por teléfono algunas veces o se comunicaba vía E-mail y es que, Liliana vivía demasiado lejos. Se conocieron a través de un primo de Mónica y arreglaron encontrarse en casa de éste. Pero, con su primo tampoco podía dialogar mucho, ya que, también vivía lejos y trabajaba a tiempo completo.
Sólo a su madre, le había hecho saber algunas cosas pero, a medias porque temía que se asustase. Cierto era que, su madre siempre había sido su confidente. Aún así, decidió ir contándole de a poco para que, pudiera digerir la idea más pausada y tranquilamente.
Después de todo, como dijo el doctor Schwartzmann: “era su vida actual lo que importaba”. Las personas que conocían a Mónica querían saber sobre Mónica y no sobre quién o quiénes había sido ella anteriormente. Eso, sólo le concernía a ella


Capítulo 6

Amman – Jordania – 1916

La casa donde vivía Mitzja era una vivienda precaria. Pero, para él era un santuario. Un refugio de paz. Pese a que, las bombas no perdonaban ni a nadie ni a nada, Mitzja creía que su hogar estaba protegido de cualquier ataque como si lo envolviera un aura angelical. O por lo menos, eso era lo que quería creer. La idea, lo reconfortaba.
Aquella noche había regresado junto a su padre sano y salvo pero, uno de sus amigos había sido degollado. Mitzja había logrado escapar por milagro. No le relató el hecho a su padre. Sabía que éste estaba demasiado preocupado. Mitzja era su único hijo varón y si ambos morían, perderían todas sus posesiones ya que, su madre y sus hermanas por ser mujeres, no tenían derecho a nada.

- Mitzja, si muero, deberás casar a tus hermanas. En cuanto a tu madre, ellas se ocuparán de cuidarla. Pronto, tú tendrás edad suficiente para formar tu familia. De esa manera, nuestro linaje no acabará y todo lo que poseemos, no se perderá.
- Sí, señor.
- Sabes que nuestras cosas más valiosas están en un lugar seguro y que es para ti.
- Lo se, señor.
- Mañana saldremos antes de que amanezca. Espero que ésta guerra termine pronto. Trata de quedarte cerca de mí. Yo te protegeré. No vuelvas a alejarte como lo hiciste hoy.
- No lo haré, señor.
- Sólo nos tenemos el uno al otro y a nadie más.
- Si, señor.
- Ahora, ve a dormir. Mañana te llamaré temprano. Trata de descansar lo más que puedas. Nos espera otro día difícil.

Pero, Mitzja no podía dormir. Aunque, ya se había acostumbrado al bombardeo, no podía evitar el sentir pánico. Todas las noches cerraba los ojos deseando que, al apuntar el alba, todo hubiera terminado. Su padre vendría a despertarlo contento: “¡Mitzja, la guerra ha terminado!”
Pese a toda la tensión, logró dormirse.



Capítulo 7

Nueva York – Estados Unidos – 1966

El sarcástico comentario de Elsa sobre la posible paranoia y la máquina del tiempo, había causado mucha gracia a Monty Clift.
Aquella mañana, a pesar de todo, el actor estaba de muy buen humor. Claro que, Elsa se preguntaba cuánto tiempo duraría éste.

- ¿Leyó la noticia en la tapa del diario?- preguntó Clift seriamente
- No
- Entonces, no se enteró.
- ¿De qué?
- Dicen que van a asesinar a todos los hispanoamericanos que residan en Nueva York.
- Me alegra que esté de buen humor.
- ¿Cuándo no lo estoy?
- ¿Me lo pregunta en serio o es un chiste?
- ¿Cuántos años hace que vive en éste país? – preguntó Clift ignorando la pregunta burlona de Elsa.
- Quince años
- ¿Y cuántos años hace que trabaja en esta casa?
- Por desgracia, casi siete años.
- ¿Y cuándo va a aprender a hablar bien el inglés?
- Cuando usted aprenda el español.
- Disculpe por no saber su idioma.
- No se preocupe. Usted es muy culto de todas formas. Habla perfectamente el francés, el italiano y el alemán. Claro que, si no sabe hablar el español, no ha aprendido ningún idioma importante.
- No sabía que el español es el idioma más importante- dijo Clift cínicamente.
-. Ahora, lo sabe.
- ¿Puedo preguntarle algo sin que piense que estoy loco?
- Usted está loco no importa lo que pregunte.
- Esta vez no es broma, Elsa. Quiero que me conteste sinceramente.
-¿Qué quiere saber?
- Debe ser muy sincera con su respuesta.
- ¡Pregunte!
-¿Soy un buen hombre?

Elsa lanzó una carcajada.

-¿Esa es su respuesta, Elsa?
- Perdón, me olvidé que la pregunta era en serio- dijo Elsa todavía riendo.
Luego suspiró y miró a Clift – usted es un buen hombre. Lo que sucede es que, muchas veces, sus nervios lo traicionan. A veces, tiene un humor del diablo y dan ganas de matarlo. Pero, en otras ocasiones, es usted un hombre tan dulce, amable y generoso, que todo se le perdona y quienes lo conocemos, nos terminamos olvidando de sus locos arrebatos. Creo que debería casarse.
- Ya estoy viejo para eso.
-¡¿Por qué siempre habla como si tuviera ochenta años?!
- Nunca quise casarme ni tengo planeado hacerlo y no quiero hablar mas del asunto. ¿Sabe que es lo que me pone de mal humor? ¡La gente que se empeña en decirme lo que debo hacer!
-¿Por qué no sale al jardín y toma un poco de aire fresco?
-¡Otra vez diciendo lo que debo hacer! No puedo distinguir las flores, ni cocinar mi propia comida. Tengo una biblioteca con cientos de libros y no puedo leer ninguno. ¡Mi vista está cada vez peor!
- Yo no le dije que mirara las flores o que preparara su comida o que leyera. Sólo le sugerí que tomara un poco de aire fresco. Le vendría bien para sus pulmones.

Clift se puso de pie y se alejó de Elsa subiendo por las escaleras hacia su habitación.
Elsa meneó la cabeza y mirando el reloj, pensó: “Una hora. No me puedo quejar. Su buen humor duró bastante”.



Capítulo 8

Buenos Aires – Argentina – Julio de 2006

El mundial de fútbol de Alemania había culminado con la victoria de…¿Francia? ¿Italia? ¡Qué diablos importaba! A Mónica hacía años que le había dejado de interesar el fútbol. Su hermano la llamaba “amarga”. Pero, la mayoría de las personas con un mínimo de inteligencia, sabía que, esa clase de eventos, estaban arreglados de antemano.
Desde hacía semanas, había comenzado a concurrir a un taller literario. A Mónica siempre le había gustado escribir y era adicta a los libros. Le gustaba el grupo que se había formado en el taller. Discutían, se burlaban de sí mismos, criticaban los trabajos de cada uno, se reían, se enojaban, pero compartían una pasión en común: la literatura.
Uno de los puntos fuertes de Mónica, como había observado el coordinador, eran los diálogos de sus relatos.

- Tal vez, deberías dedicarte al guión – le sugirió

A Mónica le entusiasmaba la idea. Aunque sabía que el guión, tanto de cine como de teatro, no era tarea fácil. Requería de muchos pasos, mucho tiempo y mucha paciencia. Pero, se dijo: “puedo hacerlo”
Al doctor Schwartzmann le encantaba el hecho de que Mónica estuviera en un taller literario. Por fin parecía haber encontrado algo en que volcar toda esa energía que Mónica, no se daba cuenta que poseía. Por otro lado, era una manifestación de que había dejado atrás toda esa teoría de las vidas pasadas y se interesaba por su actual existencia y trabajar en el mejoramiento de ésta.
Mónica solía llevarle copias de los relatos y poesías que escribía. La consulta terapéutica se basaba mas que nada en los comentarios de estos escritos. Mónica le comentó sobre la sugerencia del coordinador con respecto al guión.

- ¡Es una excelente idea, Mónica! Además, no te olvidés que escribir, es un don. Hay muchos arquitectos, hay muchos abogados, hay muchos médicos pero, escritores, hay muy pocos.

Mónica sabía que Schwartzmann se lo decía por amabilidad y para alentarla. Pero, lo importante era que, todo aquello la entusiasmaba mucho.



Capítulo 9

Buenos Aires – Argentina – 2006/2007

Era víspera de Navidad. Hacía tres semanas que Mónica se había despedido del taller literario y había ingresado a uno en el que, se dedicaba exclusivamente al guión de cine.
La fiesta de Navidad la había festejado junto a toda su familia. A diferencia de otros años, Mónica se encontraba contenta de festejar las fiestas de fin de año. Es cierto que, nunca había sido una “Ebenezer Scrooge”(*) pero, tampoco simpatizaba mucho con todo eso de la “feliz Navidad” y el “feliz año nuevo”. Tal vez, porque en otros años, sabía que las cosas no cambiarían para ella. Pero, el año 2006 había sido diferente. Sus miedos iban desvaneciéndose. Las dudas iban aclarándose. Los fantasmas se disipaban. En consecuencia, el año 2007 se le presentaba como un “verdadero” nuevo comienzo. Por fin, pudo decir “feliz año” sin que, sonara falso, sin tener que actuarlo.
A mediados de febrero, terminó el guión. Al profesor del taller, le encantó. Para Mónica había sido un desafío ya que, nunca había sido constante. Le había llevado mucho tiempo pues, el guión antes de comenzar a escribirlo, requería de siete pasos. Pero, Mónica realizó todos los pasos con mucha paciencia y al final, el esfuerzo rindió sus frutos.
Quizás, algún día sería llevado al cine. Pero solo, quizás.

(*) Personaje de “Un cuento de Navidad” de Charles Dickens

Capítulo 10

Amman – Jordania – 1916

- Mitzja, despierta y toma tu rifle. Ya nos debemos ir.

Mitzja se sobresaltó al oír la voz de su padre. No sabía que sucedía. Luego, cayó en al cuenta de que, se hallaba en su hogar y debía salir con su padre a pelear.
Pese al temor que sentía, tomó el rifle y salió con firmeza. La ciudad de Amman lucía hermosa minutos antes del alba. Hacía que por un instante, Mitzja se olvidara del infierno en el que estaba atrapado aquel bello lugar. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Pese a la guerra, siempre había amado a su país. Allí había nacido y había crecido. Un agudo dolor atravesó su corazón y tuvo el presentimiento de que, aquel hermoso amanecer, sería el último que verían sus jóvenes ojos.
Caminó rápida y sigilosamente junto a su padre. Había demasiado silencio y eso, no era buena señal. Pasaban por al lado de una casa casi destruída, cuando vieron aparecer a un grupo guerrillero enemigo a cincuenta metros de distancia. Estos vestían de oscuro: mantos, túnicas y turbantes de color negro. Dispararon hacia Mitzja y su padre. Este último empujó a su hijo hacia la casa destruida y comenzó a disparar ocultándose en la entrada de la misma.

- ¡Quédate ahí, Mitzja!

Los disparos siguieron. Su padre mató a uno de los guerrilleros pero, otro de ellos se hallaba en el techo de la casa y se arrojó sobre él.
Mitzja pudo ver que su padre era golpeado en la cabeza con la culata del rifle. Disparó al guerrillero matándolo. Su padre se encontraba en el suelo inconsciente. Mitzja se le acercó y al hacerlo, se dio cuenta que el resto del grupo, tres hombres, se hallaban muy cerca de él.
El presentimiento que había experimentado más temprano, comenzaba lamentablemente, a convertirse en un hecho.

Capítulo 11

Nueva York – Estados Unidos – 1966

Aquel miércoles a la mañana, Elsa había salido a hacer unos trámites. Monty Clift había vivido solo casi toda su vida y por ende, estaba habituado a la soledad. Pero, en aquel momento, deseaba que Elsa, estuviera allí. Estaba asustado. No sabía cómo explicar la causa de su miedo pero, éste se había convertido en una compañía constante, en los últimos tiempos.
Luego de andar por la casa, se sentó en la escalera que unía la planta baja con el primer piso. Le dolía mucho el pecho y su respiración era entrecortada. Sin embargo, no era su mala salud lo que, lo asustaba. Era un ruido estruendoso que provenía de la calle unido a gritos desesperados. Pero, Clift sabía que éstos, solo estaban en su mente. Aún así, temblaba de miedo. Se puso de pie y subió las escaleras tan rápido como se lo permitieron sus pulmones. Al llegar a su habitación, se dirigió al baño y abrió el botiquín. Ingirió unos cuantos calmantes. Luego, se sentó en el borde de la bañera y respiró hondamente. “Soy un idiota neurótico”- pensó.
Unos minutos más tarde, bajó al living. Caminó al minibar y se sirvió un vaso de Vodka. El efecto de los calmantes era ahora más fuerte. Comenzó a serenarse. Recordó que Elsa, antes de irse, le había dicho:

- Trate de comer algo. En la nevera, le dejé el almuerzo. Es ensalada de atún. Es una comida muy sana y por lo tanto, no le va a caer mal. Le juro que si no come algo, me voy a enojar y mucho.

Elsa tenía razón. En los últimos días, no había comido casi nada. Se dirigió a la cocina y sacó la ensalada de atún de la nevera. Se sentó allí mismo, ante la pequeña mesa de la cocina y se sirvió jugo de pomelo. Comenzó a comer pero, le resultaba difícil digerir cada bocado, a pesar de que, la ensalada estaba riquísima. Se obligó a comer unos bocados más y se puso a pensar que necesitaba hacer algo para no enloquecer del todo.
Unos meses antes, había estado en Francia trabajando en una película. Elizabeth Taylor lo había convencido para que, aceptara el papel principal de una película que se comenzaría a filmar a fines de ese mes. Se trataba de “Reflections in a golden eye”. A Monty, el guión no le había interesado mucho pero, era mejor que no hacer nada.
“Después de todo, ¿llegaría realmente a trabajar en esa película?”. Su rostro se ensombreció y trató de no pensar más en ello.



Capítulo 12

Buenos Aires – Argentina – Invierno de 2007

A mediados del año 2007, Mónica comenzó un seminario de Reiki. La primera parte del mismo, tuvo lugar un día domingo y duró seis horas. Durante ese lapso, ella y otras cinco personas, compartieron sus conocimientos y experiencias con las prácticas orientales. Mónica comentó que había realizado una regresión a vidas pasadas.

- Eso quisiera hacer yo. ¿A dónde fuiste? ¿Quién te ayudó?
- Una amiga de mi primo. Puedo darte el número de teléfono. Vive bastante lejos. Aunque, yo te aconsejaría que no lo hagas. Es decir, vos estás acá para estar mejor, ¿verdad?. La meditación y el Reiki, nos ayudan a cicatrizar las heridas del espíritu y lograr un equilibrio entre éste, la mente y el cuerpo. Suponiendo que hayas tenido alguna vida previa, la práctica de ambas cosas, sanarán tu alma, aunque ignores tus vidas anteriores. Algunas personas se someten a la regresión porque sufren de ataques de pánicos, fobias o trastornos que les impiden llevar una vida normal. Pero, si vos no tenés éstos trastornos, no es necesario que realices una regresión al menos, que lo hagas por simple curiosidad. Sepas o no quién fuiste anteriormente, si tu alma carga con una gran herida, ésta se va a sanar a través de la meditación, el Reiki o cualquier otra práctica oriental de curación. A veces, es mejor no saber ciertas cosas porque cuesta mucho asimilarlas. Además, lo importante es quién sos ahora.

Mónica se dio cuenta que sin querer, estaba citando las palabras del doctor Schwartzmann y sonrió.
La señora a quien se había dirigido, no quedó muy convencida pero, dijo:

- Supongo que tenés razón
- Nadie es dueño de la verdad – le dijo Mónica – por eso, te voy a dar el número de teléfono de ésta mujer. Yo sólo te di un consejo pero, es tu decisión.

Luego de dejar aquel sitio, la misma señora se le acercó a Mónica y una vez que estuvieron en la calle, le preguntó:

- En tus vidas pasadas ¿Pudiste ver algo en común con tu vida actual?
- Si, por supuesto. Además del alma y otros hechos significativos, me di cuenta que mis nombres en las diferentes vidas que tuve, siempre tenían las mismas iniciales. Incluso, las mismas que tengo ahora. Claro que, éstas no estaban siempre en el mismo orden pero, como dicen: “el orden de los factores, no alteran el producto”

La señora rió y se despidieron deseándose buena suerte en aquel nuevo camino, que habían emprendido.
Después de un tiempo de practicar Reiki y meditación, Mónica comenzó a sentirse mucho mejor. Incluso, disminuyó la dosis del psicofármaco que tomaba.

 

Capítulo 13

Amman – Jordania – 1916

Para cuando Mitzja notó la presencia de los tres hombres de oscuro, ya era demasiado tarde. Uno de ellos, lo arrastró hacia el interior de la casa destruida. Los otros dos, rociaron con un líquido el cuerpo de su padre y lo prendieron fuego.

- ¡Nooo!- gritó Mitzja desesperadamente.
- Tú eres sólo un niño, Ni siquiera sabes porqué estás peleando, ¿verdad? Podrías venir con nosotros. Necesitamos jóvenes, ¿qué me dices?
- Antes prefiero la muerte – le dijo Mitzja

Luego de escupirle el rostro, el hombre le gritó:

- ¡Pues, eso haremos! ¡Te vamos a matar!

Mitzja conocía el método que utilizaban estos hombres. La muerte sería un bálsamo de paz, luego de una larga agonía.
Los tres hombres comenzaron a patearlo y a golpearlo con la culata del rifle en diferentes partes del cuerpo, excepto la cabeza hasta que, Mitzja se derrumbó en el suelo. Lo estacaron y siguieron pateándolo. Mitzja ya no pensaba en los golpes. Su cuerpo estaba adormecido por el dolor pero, su alma estaba bien despierta y sufría su propio martirio. “¿Qué clase de mundo era éste, en donde los niños eran torturados? ¿Para qué nacer, crecer, formar una familia en un mundo así? ¿Cuál era el propósito de la vida, si es que existía alguno?” Con doce años, Mitzja Calen- Ebdul se preguntaba todo aquello. No era solo su cuerpo lo que estaban torturando. Su alma y su corazón se estaban destrozando.
Uno de los hombres, comenzó a hacerle cortaduras con una navaja en los brazos y en las piernas. Por último, el hombre le sonrió con maldad y lo castró. Mitzja lanzó un grito tan fuerte que las paredes parecieron retumbar.
Los hombres de oscuro, se alejaron dejándolo abandonado en aquella postura. La sangre emanaba cada vez más. Mitzja se fue desvaneciendo. Por su rostro, corrían lágrimas que brotaban de sus ojos llenos de horror. Una hora después, éstos se cerraron y su alma abandonó su pequeño cuerpo.



Capítulo 14

Nueva York – Estados Unidos – 22 de julio de 1966

-¿No tiene ganas de cenar, señor Clift? – preguntó Elsa observando que éste no había ni tocado el caldo.
- Para ser sincero, no. Lo siento, Elsa. Usted no tiene obligación de cocinar nada. Yo siempre preparé mi propia comida y ahora me apena que tenga que hacerlo otra persona. Usted se tomó la molestia de hacer este caldo y yo no tengo apetito.
- Deje de preocuparse tanto. ¿Por qué no me cuenta algo agradable? ¿Le gusta irse de viaje?
- Por supuesto. Sobre todo a Europa.
- ¿Qué ciudad europea le gusta más?
- Todas las ciudades tienen su encanto particular. París, Roma, Londres. Viena es hermosa y Berlín es quizás, la capital más bella de Europa. Lástima que después de la guerra, quedó en ruinas y ahora, con el muro, es peor. No tiene idea de lo linda que era Berlín antes de la guerra. Pasear por allí era un placer. Lo único que arruinaba el paisaje, era la presencia de la GESTAPO. Pero , a pesar de ésta, valía la pena caminar por aquellas calles.
- Debe ser lindo viajar y conocer diferentes lugares.
- Lo es. Como decía Oscar Wilde : “Cuando descubres la inutilidad de la vida, puedes hacer dos cosas: suicidarte o viajar”
- El señor Wilde tenía una manera muy negra de ver la vida.
- Tal vez, pero era un hombre inteligente.
- Y eso es lo que importa , ¿verdad?. Usted perdonaría a cualquier persona siempre y cuando ésta sea inteligente, ¿no? No importa que clase de persona sea. Si es inteligente, se ganará su respeto, ¿me equivoco?
- No, no se equivoca. Mientras una persona sea inteligente, puedo perdonarle cualquier cosa. Incluso que sea productor de Hollywood – dijo Clift riendo.
- ¿Por qué nunca le agradó Hollywood?
- Es un lugar frívolo, superficial y completamente falso.
- Creo que de todas formas, debió haberse unido a ellos y jugar acorde a sus propias reglas.
- ¿Y dejar que me convirtieran en un títere?
- ¡Vamos! ¡Tan malo no debe ser!
- ¡Por Dios, Elsa! Usted no conoce Hollywood. De lo contrario, estaría de acuerdo conmigo. Si conociera aquel sitio y, aún así, siguiera pensando que no es tan malo, yo diría que usted tiene una manera de mirar la vida mucho más negra que la de Wilde.
- Tal vez, tenga usted razón. Después de todo, yo no puedo opinar mucho, ya que, no conozco Hollywood.
- Le puedo asegurar que no se pierde de nada, Elsa. En fin, estoy muy cansado. Me voy a bañar y luego, me voy a acostar. No se olvide las llaves. Trate de no irse muy tarde. Nos vemos el lunes.
- Pensaba venir mañana para prepararle el desayuno.
- No, no me gusta que venga los fines de semana. Debe estar con su familia. Ya hace bastante por mi. Yo voy a arreglármelas.
- Pero…
- Buenas noches, Elsa. Dele mis saludos a su familia.
- Gracias, señor Clift y buenas noches

Clift se dirigió hacia la escalera y subió a su habitación a paso lento. Elsa se quedó mirándolo preocupada. Luego de guardar el caldo y lavar la vajilla, se fue de la casa.
Desde una de las ventanas del tercer piso, Clift observaba a Elsa cuando ésta se subió al taxi. Sabía que la conversación de aquella noche, había sido la última. Pero, no sentía miedo ni tristeza. Estaba extrañamente tranquilo. Luego de tomar un baño, se acostó para dormir el sueño eterno.
A la mañana siguiente, el jardinero llegó a las nueve como acostumbraba hacerlo todos los sábados. Después de unas horas de trabajar en el jardín, le pareció extraño no ver a Monty Clift. Ya era casi el mediodía. Sabía que la salud de Clift estaba empeorando por lo que, tuvo un mal presentimiento. Entró en la casa y comenzó a llamarlo. Pero, no recibió respuesta. Decidió subir las escaleras hacia la habitación de Clift. Al llegar a ésta, golpeó la puerta pero, como respuesta, sólo hubo silencio. Golpeó más fuerte y varias veces. Nada. Quiso abrir la puerta pero, estaba con llave. Bajó corriendo y se dirigió al jardín para buscar una de sus herramientas. Subió otra vez y rompió la cerradura con el mango de una tijera de podar. La puerta no cedía. Le dio una patada y al fin, ésta se abrió. Entró a la habitación y halló el cuerpo inerte de Clift que yacía en la cama, como si estuviera durmiendo.
Un ataque cardíaco, causado por un edema pulmonar, le había puesto fin a su vida terrenal.

Capítulo 15

Buenos Aires – Argentina – Septiembre de 2007

Para la primavera, Mónica se había reunido con sus amigos del taller literario. Les comentó que había escrito una novela.

- Me gustaría que la lean y me den su opinión.

Mónica la había escrito en su computadora y había hecho varias copias. Sus ex compañeros del taller se las querían pagar.

- No, sólo quiero sus opiniones. Les va a parecer muy fantasiosa y…
- ¡Esa son las mejores novelas!
- Es verdad. ¿Sabés lo que deberíamos hacer?
- ¿Qué?
- Editarla. Tenemos un pequeño sello editorial que formamos, desde hace tres años, todos los talleres literarios de la zona. Sería una edición muy sencilla, por supuesto.
- ¿Cuánto me costaría la edición?
- Nada. Va a ser nuestro regalo de cumpleaños. ¿No es acaso, el mes que viene?

Mónica no supo qué decir. Sólo atinó a balbucear:

- Pero,…
- Pero, nada. En unas semanas, vas a tener algunos ejemplares para repartir entre amigos y familiares. Podés obsequiar algunos en la calle para aquellos a quienes les guste leer.
- Gracias. No se que decir. Me dejaron sin palabras.
- Eso si que es nuevo- dijo uno de sus compañeros y todos rieron.

A las pocas semanas, fieles a su palabra, tenían los libros listos. Eran cincuenta ejemplares. Mónica introdujo uno de ellos en un sobre grande y lo mandó a una agencia de Beverly Hills, California. “Para leer esto, va a necesitar un traductor de español. Bah, si es que, se toma la molestia de leerlo. Tal vez ni siquiera llegue a sus manos. No importa. Igualmente, no pierdo nada con mandárselo”.



Capítulo 16

Buenos Aires – Argentina – Octubre de 2007

- Tal vez sea ginecológico o psicosomático. Igualmente, deberías ir a la ginecóloga para sacarte las dudas- dijo Schwartzmann. Luego cambió de tema:
- ¿Seguís escribiendo?
- Sí, terminé una novela y como ya te imaginarás, trata de la regresión a vidas pasadas.

Scwartzmann ya estaba acostumbrándose a la idea de que, Mónica no daría el brazo a torcer con respecto a la reencarnación.

- La literatura es lo tuyo, sin dudas- le dijo Scwartzmann sonriendo satisfecho.

Mónica se despidió de él y al llegar a su casa, se comunicó telefónicamente con Liliana.

- Sólo son dolores vaginales y la menstruación me dura muchos días.
- No te olvides de la "castración".
- Si, yo pensé lo mismo.
- Igualmente, para quedarte tranquila, consultá con la ginecóloga. El martes nos vemos.
- Te espero y gracias.
- Besos del alma. "Con Dios".

Luego de colgar, Mónica decidió ir al centro a caminar un rato y ver vidrieras.
Entró en una librería de la calle Florida. Después de dar vueltas por la misma, durante media hora, se detuvo ante un libro inmenso, que estaba sobre un estante, separado del resto y en cuya tapa, estaba Marilyn Monroe. Mónica siempre había admirado a Marilyn. ¡Era tan hermosa! Tomó el libro y comenzó a hojearlo a la inversa, como tenía por costumbre. Es decir, de atrás hacia delante.
El libro era un inmenso álbum de fotos. Antes de que uno de los empleados de la librería la interrumpiera, había alcanzado a ver sólo las últimas fotos de la vida de Marilyn ya que, había empezado a mirar el libro desde las últimas páginas. Estaba la foto de Marilyn cantando el “happy birthday” a John F. Kennedy. Había varias fotos en la que estaba junto a Arthur Miller y otra más pequeña en la que estaba junto a Montgomery Clift a la salida de un teatro en Broadway. Ambos parecían alegres, sobre todo Marilyn con esa eterna y luminosa sonrisa que, siempre la caracterizó. Mónica miró esa foto detenidamente y sonrió.

- ¿Desea que la ayude en algo, señorita?- preguntó el empleado.

Aquella pregunta tenía doble significado. Por un lado, quería ayudarla y , por el otro, teniendo en cuenta que, antes de que abriera el libro de Marilyn, ninguno de los empleados se le había acercado en la media hora que estuvo allí, quería darle a entender lo siguiente: “Si no va a comprar nada, no se ponga a hojear los libros. Esto no es una biblioteca”

- No, está bien, gracias – dijo Mónica sonriendo y colocando el libro de Marilyn donde había estado.

Se fue de la librería pensando: “Tal vez algún día alguien diga: si, desearía que me muestre un libro de Mónica Cáceres, que se titula …” “¡Soñar no cuesta nada!”
Después de todo, no tenía nada de malo ser una escritora “a secas”. Recordó la foto de Marilyn y Monty Clift que había visto hacía unos instantes. “Marilyn Monroe fue rica y famosa. Y acaso, ¿fue feliz? NO. Montgomery Clift fue rico y famoso. Y acaso, ¿fue feliz? NO.” Para Mónica, esas referencias ya eran suficientes para no preocuparse por la fama. Acababa de cumplir treinta y tres años. La edad de

Jesucristo al morir en la cruz pero, a diferencia del Hijo del Creador, Mónica sentía que su vida recién comenzaba y que, se había quitado una enorme cruz de encima.
Un hombre pasó caminando muy rápido por su lado y la empujó. Ni siquiera se detuvo a pedir disculpas. “¿Qué pasa con la gente que vive a las corridas como si no tuviera tiempo de nada? Justamente, tiempo es lo que nos sobra. Tenemos toda una eternidad por delante” Aquel maravilloso ser, llamado Jesús de Galilea, dijo una hermosa frase: “aquel que crea en Mí, jamás morirá, mas tendrá vida eterna”. La frase era sencilla y clara. Por lo tanto, ¿cómo no podían entenderla?


Capítulo 17

Amadora – Portugal – 1896

Mercedes Elena Cárdenas, se hallaba en cama volando de fiebre. El parto había sido difícil. Sólo recordaba la hemorragia y la cara de preocupación de su marido al hablar con el médico. Nadie le había aclarado lo que había sucedido con su bebé. Pero, Mercedes ya se lo imaginaba. Ya habían pasado unos días y ahora intentaban salvarla a ella. La neumonía estaba acabando con sus pulmones. El médico había hecho todo lo que estaba a su alcance. Tal vez, si no hubiera tenido esa hemorragia tan grande, hubiera existido alguna esperanza. Todos en su familia le habían dicho que, con su salud tan frágil, no podía correr el riesgo de tener un hijo. Pero, a Mercedes no le había importado y había quedado embarazada porque creía que, aunque las posibilidades de tener un bebé sin complicaciones, eran mínimas, debía arriesgarse. Su marido se culpaba. Mercedes estaba tan débil que no podía decirle, que no era su culpa, que era algo que ella había decidido afrontar y no se arrepentía, a pesar de que, en ese momento, tenía que enfrentarse a la muerte. Aún así, no se quejaba. Sólo tenía veinticuatro años de edad pero, su corta vida había sido maravillosa. Había crecido en la hermosa Amadora cerca del mar. Había tenido unos padres muy cariñosos y un marido muy compañero, quién la había amado y cuidado de tal forma, que muy pocas mujeres podrían imaginar.
Su infancia, sus padres, su marido y aquel bello lugar sobre la costa del Atlántico, habían sido una verdadera bendición. Así pues, al morir, se marchaba de un paraíso para entrar en otro. ¿De qué podía quejarse, entonces? “Algún día, nos encontraremos todos juntos al lado del Padre. Sólo debemos tener paciencia.”- pensó y una leve sonrisa asomó a su rostro. Cerró los ojos y se entregó a la eternidad.

 

Capítulo 18

Buenos Aires- Argentina- Noviembre de 2007

Luego de varias regresiones, los dolores vaginales de Mónica habían desaparecido. De todas formas, había visitado a la ginecóloga pero, luego de varios exámenes, ésta no había hallado ninguna anomalía. Mónica le había comentado esto al doctor Schwartzmann.

- Me alegro que te encuentres bien. Te dije que podía ser algo psicosomático
- Pero, estos dolores yo los tuve durante bastante tiempo y no creo que hayan desaparecido por arte de magia. Fui a la ginecóloga porque ya había pedido el turno pero, al visitarla, no sabía que decirle porque no me dolía nada. Igualmente me revisó y luego me hice los exámenes ginecológicos que me indicó.
- Es señal de que estás más relajada y emocionalmente, mucho más equilibrada.
- ¿Y qué me decís de los ataques de pánico?
- Eso hay que seguir trabajándolo. Los ataques de pánico son producto de temas no resueltos en la infancia.

Mónica venía escuchando esa historia desde hacía años pero, sabía que Schwartzmann quería "realmente" ayudarla. Aunque sea, "al estilo Freud".
Mónica no subestimaba ni a los psiquiatras, ni a los psicólogos, ni a "herr Sigmund" pero, no creía que lograran, si bien amortiguaban los síntomas con psicofármacos, "CURARLA".
Era consciente también, que los avances dependían de su propia voluntad. Mientras tanto, estaba dispuesta a agotar todos los recursos para encontrar la forma de liberarse de sus miedos y angustias.
Recordaba la frase del escritor Marco Denevi: "la verdadera biografía está en el alma y ¿cómo se hace para escribir sobre eso?"
Mónica meditaba: "¿y cómo se hace, además, para sanar todas las heridas del alma?"

Capítulo 19

Chartres- Francia- 1794

Marcel vivía en las calles de Chartres. No tenía familia y, por consecuencia, carecía de apellido. Lustraba zapatos y la mayoría lo llamaban simplemente "Marcel". Así lo bautizó por primera vez, Jacques Pressau, el dueño de un bar, quien le daba permiso al pequeño Marcel para que lustrara zapatos en la entrada de su local. Pese a tener un carácter hosco, el viejo Jacques, muchas veces, se apiadaba del muchacho y le daba algo de comer o lo hacía dormir en el sótano del bar, donde guardaba las bebidas. Más de una vez, había tenido que reñir, llegando incluso, a enfrentarse físicamente con algunos despiadados que, parecían gozar robándoles las monedas a Marcel. Algunos hasta se hacían lustrar las botas y luego, se iban sin darle nada.
Marcel ignoraba de dónde provenía. Sabía que lo habían abandonado en una parroquia pero, luego había escapado de allí porque el párroco lo golpeaba. De esto hacía ya tres años.
Algunas veces miraba con cierta envidia a los niños que paseaban en los carruajes con sus padres o a las personas que leían los periódicos. Él tenía unos diez años y no sabía ni leer ni escribir y no conocía a nadie que pudiera enseñarle. El viejo Jacques no sabía leer muy bien, según él.

- Después de todo- decía Jacques estando ebrio- ¿para qué saber? Cuanto mas sabe uno, mas sufre. Mirá a donde nos llevó la revolución. ¡Mirá! Si tuviera a Napoleón Bonaparte cerca mío, le daría un botellazo en la cabeza. Acaso, ¿no es así, Marcel? ¿No es culpa de Bonaparte? ¿Qué dices, Marcel? La revolución, ¿te ayudó? ¿te dio una familia? ¡Maldito Bonaparte! ¡Maldita revolución!

Luego de ese discurso al que, Marcel no encontraba sentido, el viejo se quedaba dormido sobre una de las mesas del bar. Marcel no tenía ni idea de quién era Napoleón Bonaparte pero, el viejo Jacques era una especie de padre para él y respetaba su opinión.
Cuando fue un poco mayor, trabajaba en el bar de mesero pero, el local era pequeño, mal administrado y al poco tiempo, quebró, matando de angustia al viejo Jacques.
Uno del los clientes le ofreció a Marcel la oportunidad de trabajar de sepulturero en el cementerio. La paga no era mucha pero, había un cuarto para él. Marcel no tenía ni educación ni vivienda y por lo tanto, aceptó el trabajo aunque, la idea de trabajar y vivir en un cementerio no le hacía mucha gracia.

- Acaso, ¿tienes miedo, Marcel?- preguntó el hombre que le había ofrecido el empleo
- No, pero debe ser un sitio muy solitario
- No, hay mucha gente allí- dijo el hombre lanzando una carcajada. Marcel también rió pero, el saber que aquel sitio sería su hogar, le hizo beberse una botella entera de vino, que su empleador le había regalado, según éste, para festejar, aunque ignoraba a qué se debía el festejo.

Capítulo 20

Buenos Aires- Argentina- Enero de 2008

Mónica conversaba con Liliana acerca de las pautas o mandatos que nos ponemos los seres humanos. "Esto es negro, esto es blanco". "Yo elijo el "negro" porque con el "blanco" me quemé" "Me voy a vengar de todo "eso" que tenga que ver con el "blanco".

- Supongo que al morir, físicamente hablando, la idea con la que nos marchamos, se convierte en un mandato para la siguiente existencia.
- Asi es. Por eso es que, no existe tal cosa como el "castigo". Nos castigamos solos. Creamos nuestro propio infierno.
- Y ese es el famoso "karma" del que hablan, ¿no?
- Esa es mas o menos, la idea. En realidad, la verdad, entre comillas y con mayúsculas, no la sabe nadie. Sólo la conoce Dios y a Él le debemos pedir que nos guíe hacia esa "VERDAD"
-Y supongo que, el alcoholismo o la drogadicción es una manera de evadir la responsabilidad de caminar ese largo trecho hacia Dios. Cuando alguien se suicida. Es como que "esquiva la pelota". Como el chico que no va a la escuela porque hay un examen difícil ¿no?
- Claro, pero a la larga, el examen lo va a tener que rendir o repetirá de año y se atrasará. Y en el peor de los casos, abandonará el colegio. Éste ejemplo llevado a la vida, es como retrasar el viaje hacia Dios.
A un ser así le levará mucho tiempo volver a ponerse en marcha pero, lo hará porque, como sea, todos volveremos a Dios ya que de Él venimos y hacia Él volveremos.
- Yo abandoné el alcohol. Ahora necesito dejar los psicofármacos.
- Así como ya no sos una persona alcohólica, algún día, vas a dejar de ser una droga dependiente. Hay que seguir trabajando en ello. Agotar todas las emociones y sanar todas las heridas para que no vuelvas a tener ataques de pánico ni fobias. Los ataques de pánico no son otra cosa que revivir una muerte o la evasión de la realidad que siente una persona cuando se alcoholiza o se droga.
- Si, es cierto. Yo siento como si estuviera a punto de tener un ataque cardíaco o me quedo paralizada o me mareo como si estuviera borracha o todo eso junto.
-¿Recordás cuándo y cómo fue tu primer ataque de pánico?

Mónica lo recordaba muy bien, sólo que le costaba hablar de ello.

Capítulo 21

Buenos Aire - Argentina - Mayo de 1998

Debido a su agorafobia, Mónica había terminado el secundario siendo mayor de edad en una escuela nocturna. Una noche, se hallaba en la escuela y comenzó a sentirse mal. Su cuerpo se paralizó y su corazón latía muy fuerte. Parecía que iba a asfixiarse. Ingirió un ansiolítico pero, aún así, seguía sintiéndose mal. Como era mayor de edad, le dijo a la preceptora que no se sentía bien y que se iba del colegio.

- Bueno, vos sos mayor y podés irte pero, tengo que ponerte falta.
- Está bien- balbuceó Mónica

Se dirigió temblando, con el cuerpo que se le adormecía, hacia donde estaban sus útiles. Los guardó en el bolso y se fue. Antes de irse, algunos de sus compañeros le preguntaron qué le sucedía pero, Mónica no podía hablar, tenía la visión borrosa y sus oídos zumbaban.
Salió de la escuela. El aire fresco de la noche pareció reanimarla. Decidió caminar hacia la plaza en lugar de tomar el colectivo que paraba en la esquina del colegio. Supuso que, caminando, lograría apaciguarse. Pero, al llegar a la esquina, el mareo fue mas intenso, su corazón latía más fuerte, sus piernas le temblaban. Las paredes de los edificios parecían que se les iban a caer encima. Decidió, entonces, esperar el colectivo en la esquina. A los pocos minutos llegó éste, se subió, sacó el boleto y se sentó en un asiento de dos al lado de la ventanilla. Abrió ésta y comenzó a respirar hondamente. Un hombre mayor sentado a su lado le pidió que cerrara la ventanilla ya que, hacía frío. Mónica hizo ademán para que la dejara en paz. El hombre se sentó en otro sitio. Unas veinte cuadras después comenzó a serenarse. Cerró la ventanilla. El temblor, la taquicardia y el mareo comenzaron a desaparecer. Cuando llegó a su casa, ya se sentía mejor. Antes de entrar a ésta pensó: "no debo preocupar a mi familia. Tengo que "actuar" como si no pasara nada aunque, tenga que valerme de muchas pastillas"

Capítulo 22

Chartres – Francia – 1826

Ya hacía unos veinticinco años que Marcel trabajaba en el cementerio. La soledad lo había llevado a embriagarse casi constantemente. Una tarde, hacia fines de Octubre, estaba esperando a que el sacerdote local terminara con su discurso por el difunto, para poder sepultarlo y una vez que, los deudos se alejaran, poder beber algo. El sacerdote, unos momentos antes, le había obsequiado una Biblia y le había dicho que buscara refugio en ella. Marcel guardaba un poco de desconfianza hacia los clérigos. Le recordaban al párroco que lo golpeaba en su infancia.

- Lo que me gustaría, padre, es que alguien me visitara y hablara conmigo de vez en cuando. Pero, nadie viene a verme. Y de éstas tumbas, nadie se levanta como Lázaro.