Esta
historia está dedicada a todos aquellos a quienes
amé, a quienes me amaron, a quienes hice llorar,
a quienes, sin querer los herí, a quienes, por error,
me hirieron, a quienes conocí y me cuidaron, a quienes
yo cuidé, a quienes me juzgaron sin conocerme, a
quienes yo juzgué sin conocerlos, a quienes buscan
la verdad a través de Dios, a mis amigos, a mis conocidos
y en especial, a mi familia
Marisa
Eleonora Carletti
ACLARACIÓN
Esta
historia, si bien es verídica, no la escribí
para que la crean. Lo hago para compartir mis experiencias
con la regresión a vidas pasadas. Como escritora,
me ha resultado más fácil hablar de mí
en tercera persona utilizando otro nombre al igual que,
por respeto, he cambiado el nombre de las personas mencionadas
en esta historia con excepción de Montgomery Clift,
Elizabeth Taylor y Marilyn Monroe, entre otras celebridades.
Este es un humilde testimonio sobre la infinita sabiduría
de Nuestro Creador. No intento, de ninguna manera, burlarme
de ninguna religión. El alma, sólo le pertenece
a Dios y Él no hace diferencias de raza, ni de religión,
ni de sexo, ni de nacionalidad. Pero, ésta sólo
es mi opinión. Vuelvo a reiterar que está
en ustedes creer en esta historia o no. Como lectores, espero
que la disfruten.
La autora
Prólogo
Buenos Aires – Argentina – Marzo de 2006
Mónica trataba de recordar el nombre de esa calle.
“Niebh”, “no”,”Neibuh”,
“no”, “¡maldita sea!, ¿por
qué los alemanes usaban palabras tan largas?”.
“¿Era Niebuhrstrasse?”. “No importa.”
De mala gana, Mónica se levantó de la cama
y se dirigió hacia la computadora. Comenzó
a buscar en la Web , mapas de Berlín. Optó
por uno y amplió la imagen. Leyó el nombre
de todas las calles y avenidas hasta que, encontró
la que buscaba: calle Niebhur (Niebhurstrasse). Mónica
sonrió satisfecha. Sabía que la calle existía.
No era solo un sueño. No era…¿no era
qué? De repente, el rostro de Mónica se ensombreció.
Su sonrisa se desvaneció. ¿Cómo era
posible que soñara con una calle de Berlín
cuando nunca había estado allí? No conocía
esa ciudad ni sus calles. Jamás había salido
de la Argentina. Sin embargo, la calle existía. Allí
estaba en el mapa. Muy clara, burlándose de ella.
Su corazón comenzó a latir con fuerza. Lo
peor del sueño no era precisamente esa calle sino,
el uniforme de la GESTAPO que había visto. Si. Iba
vestida con el uniforme de la SS. ¿O era otra persona
quien llevaba ese atuendo? No, no estaba segura. Lo que
sí recordaba era la vestimenta de las demás
personas que circulaban por Berlín. Parecía
de la década del treinta o cuarenta. Otro detalle
era que, algunos pasaban conversando y Mónica entendía
lo que decían, aunque ella desconocía el idioma
alemán. ¿Sería solo un mal sueño?
¿Una de esas tantas pesadillas que la venían
persiguiendo desde su infancia? Pero, la calle existía.
¿Coincidencia? ¿Qué clase de coincidencia
era esa?
“¡Maldición!” “Berlín,
década del cuarenta, la GESTAPO ”. “¡Había
sido un maldito Nazi!”
Capítulo 1
Amman – Jordania – 1916
Mitzja Calen-Ebdul sólo era un niño pero,
él no lo sabía. La Primera Guerra Mundial
le había robado su infancia. El imperio Otomano se
había derrumbado y los británicos trataban
de dominar Jordania. Mientras tanto, el país se dividía
en grupos guerrilleros que peleaban su propia guerra. Estaban,
por un lado, los árabes, quienes querían someter
a los jordánicos y por el otro, estaban estos últimos,
quienes anhelaban una Jordania independiente.
Con doce años de edad, Mitzja peleaba a la par de
los hombres desde que, su corta existencia le permitía
recordar. Claro que, él no era el único niño
que debía luchar. Otros muchos como él, sufrían
de la misma suerte. En aquel sitio, no existían los
juegos ni la inocencia. Cuando ya tenían fuerza para
cargar un rifle, éste se convertía en su juguete.
Pero, la guerra a la que jugaban no era de esas que aparecen
en un play station o en los cyber juegos. Esta ocurría
en el mundo real y no se trataba de sumar puntos sino, de
conservar la vida, de sobrevivir día tras día.
Agazapado tras un muro, Mitzja se refugiaba del infierno
que reinaba en las calles de Amman. Las bombas caían
como bolas de fuego haciendo retumbar y partir en mil pedazos
a las viejas construcciones de la ciudad. Las paredes escupían
ladrillos y polvo por doquier. El silbido de las balas era
un sonido incesante. Las mujeres corrían desesperadamente
con sus niños más pequeños, tratando
de escapar de lo que parecía no tener escapatoria.
Gritos y lamentos eran los únicos sonidos humanos
que se oían. Quienes los escuchaban, no se animaban
a emitir sus propios gritos. El miedo los paralizaba. Entre
ellos, estaba Mitzja, quien permanecía en silencio
respirando fuerte como si el sonido de su propia respiración,
lograra apaciguarlo y evitara el tener que escuchar aquellos
otros sonidos que desgarraban su alma y oprimían
su corazón.
Capítulo
2
Buenos Aires – Argentina – Abril de 2006
- Cáceres. Mónica Cáceres – llamaba
la recepcionista de la clínica.
Mónica parecía adormilada. Miró a la
recepcionista como si ésta le hubiera hablado en
chino.
- ¿Qué?
- El doctor Schwartzmann la espera. Pase, por favor.
Mónica cayó en la cuenta de que estaba en
la clínica y se puso de pie de inmediato.
- Si, claro – dijo como pidiendo disculpas y se dirigió
al consultorio.
El doctor Nicolás Schwartzmann era un cincuentón
de aspecto distinguido y mirada profunda. Ejercía
como psiquiatra desde hacía veinticinco años
y sobra aclarar que, estaba acostumbrado a escuchar toda
clase de disparates. Medía más de un metro
noventa y era tan delgado que, a Mónica le daba la
sensación de que iba a quebrarse cuando se inclinó
y le tendió la mano para saludarla.
- Buenas tardes, Mónica. Sentate, por favor –
dijo señalando uno de los sillones cerca del escritorio.
Schwartzmann se sentó detrás del mismo y contempló
a Mónica con una sonrisa hecha casi con desgano.
- Parecés cansada
- Anoche no pude dormir bien. Volví a tener el sueño
de la Alemania Nazi que ya te conté y desperté
asustada. Luego, ya no pude conciliar el sueño
Schwartzmann sonrió con más ganas esta vez.
Le gustaba cuando Mónica hablaba usando frases armadas
como sacadas de una obra literaria: “ya no pude conciliar
el sueño”
- Ese sueño, ¿te perturba?
- Si
- ¿Por qué?
- Es muy real. Parece un recuerdo, no un sueño. Como
si realmente hubiera estado allí. No se si soy explícita.
Es como si soñara con algo que me ocurrió.
- Pero, vos sabés que no es así. Es decir,
una persona tan joven como vos, no pudo haber estado en
la Alemania Nazi.
- Eso es lo que me perturba.
- Vuelvo a preguntarte por qué.
- Ya te lo dije
- Si y yo te digo que no pudiste estar allí y que
por lo tanto, no es un recuerdo.
- ¿Y si estuve allí?
- ¿A qué te referís?
- No estoy muy segura. No se como explicarlo. ¿Puedo
hacerte una pregunta?
- Por supuesto.
- ¿Creés en la reencarnación? Se que
sos médico pero, aún así, con la mano
en el corazón y no en la razón, ¿podrías
aceptar la posibilidad de que existan vidas anteriores?
- Bueno, el mundo de las posibilidades es demasiado amplio.
Es cierto que soy médico pero, no dejo de ser humano
y, por consecuencia, también me hago interrogantes
sobre la razón de la existencia del hombre en éste
mundo. En cuanto a la reencarnación, no tengo mucha
información al respecto. Sólo se que es una
creencia oriental. Pero, si existe, no creo que tenga importancia.
- ¡¿No tiene importancia?! ¡¿Por
qué no?!
- Porque es nuestra vida actual la que nos debe importar.
- Es cierto. Pero, ciertos síntomas psicosomáticos,
¿no podrían tener eco en un hecho traumático
ocurrido en una existencia previa?
- Para eso está la hipnosis. Claro que, ésta
no prueba nada. La mente humana puede crear recuerdos o
vivencias que jamás existieron.
- Hay personas que realizan regresiones a vidas pasadas.
Si yo lo hiciera, ¿te opondrías?
- No. Vos sos dueña de tus actos pero, te vuelvo
a recordar que es tu vida actual lo que importa.
- Igualmente, me gustaría intentarlo.
- ¿Puedo saber por qué?
- Por la misma razón por la que estoy ahora hablando
con vos.
Esta
vez, Schwartzmann sonrió con ironía.
Capítulo 3
Nueva York – Estados Unidos – 1966
Montgomery Clift se miraba en el espejo. La palabra “demacrado”
no alcanzaba para describir su aspecto. “He aquí
el ocaso de una estrella”- dijo. Luego, lanzó
una carcajada. Le gustaba burlarse de si mismo. Además,
¿era realmente una estrella? Claro que no. Jamás
lo fue pero, eso no le molestaba. Todo lo contrario. Le
enorgullecía. El resto del mundo podía considerarlo
una estrella de Hollywood pero, él sabía que
no lo era. Ni siquiera pertenecía a Hollywood y eso
era justamente, lo que más le causaba satisfacción.
En ese momento, recordó a su padre. “¡Edward,
no podés ser actor!”, “Edward, ¡¿qué
tontería es esa de que querés ser actor?!”
“¡Edward!”. ¡Diablos!- pensó
Clift. Esa era la razón por la cual nunca le gustó
su nombre y a la hora de elegir uno para usar como actor,
había optado por su segundo nombre: Montgomery.
Tenía doce años cuando anunció a su
familia que deseaba ser actor. Su madre no se opuso, pero
a su padre le pareció la estupidez más grande
del mundo. Claro que, pensó que sólo era un
capricho pasajero propio de la edad. Pero, cuando Monty
tenía quince años y ya trabajaba profesionalmente
en Broadway, se dio cuenta que la cosa iba en serio.
- Edward, te dimos una gran educación y la querés
desperdiciar siendo un vulgar actor. ¿Por qué?
- Me gusta la actuación.
- ¿Y eso qué importa? ¿A dónde
pensás llegar con esa tontería?
- Es una profesión y pretendo vivir de ella.
Su padre bebió otro gran sorbo de whisky. “Ya
está ebrio”- pensó Monty.
- Edward, voy a ser claro y breve. Después de todo,
ya no sos un niño. O dejás esa ridiculez de
la actuación o…
- ¿O qué?
- Deberás arreglártelas por tu cuenta.
- Bien- dijo Monty.
Quince minutos mas tarde, bajaba de su habitación
con una valija y dejaba su casa. Se instaló en un
pequeño departamento en un edificio sin ascensor
que, era lo que su sueldo como actor de teatro, le permitía
pagar.
Ahora, después de treinta años, con una carrera
teatral y cinematográfica casi impecable que le valieron
cuatro nominaciones al Oscar, Montgomery Clift se hallaba
mirándose en el espejo de la habitación del
tercer piso de su hermosa casa ubicada en el lugar más
exclusivo de Manhattan, preguntándose si había
valido realmente la pena.
Se miró una vez mas, tratando de buscar en aquella
imagen, algo de aquel jovencito de quince años que
tuvo el coraje de enfrentar a su padre, abandonar un lujoso
estilo de vida y abrazar su amor por la actuación
con tanta fuerza y pasión que, le importó
muy poco lo que pensaran los demás: “Ni las
objeciones de la semi aristocrática familia de su
madre ni las opiniones de los ricachones amigos de su padre
que frecuentaban la casa de los Clift.”
Pero, no encontró nada. Aquel jovencito se había
esfumado. Sólo quedaba un hombre de cuarenta y cinco
años que vivía tomando calmantes y alcohol.
Ya ni recordaba cuándo había comenzado a ingerir
esa nefasta mezcla que lo había llevado, diez años
antes, a sufrir un horrible accidente de auto, el cual,
había quebrantado su salud física y emocional.
Decidió bajar a desayunar aunque, no tenía
apetito. Le costaba respirar y se sentía mareado.
Elsa, su ama de llaves de medio tiempo, ya estaría
en la casa. Si bien, Monty siempre había sido bastante
depresivo, también era orgulloso y no le gustaba
que le tuvieran lástima. Por lo tanto, respiró
hondamente y tratando de ser fuerte, salió de la
habitación. Caminó hacia la escalera y sintió
un leve mareo al que, trató de no darle importancia.
Mientras descendía hacia la planta baja, su mareo
fue más fuerte y se tuvo que aferrar a la barandilla.
Su respiración era agitada pero, la austeridad y
la autoexigencia que predominaban en la sangre inglesa que
corría por sus venas, no le permitieron flaquear.
Se irguió y bajó caminando lenta y elegantemente
como un verdadero “gentleman”. “Si, Edward
Montgomery Clift hubiera hecho sentir orgullosos a sus británicos
ancestros”.
Cuando llegó al living, Elsa estaba allí.
A Monty le caía bien. Era una mujer inteligente y
a él le agradaba esa cualidad en una persona. Siempre
le había gustado entablar una conversación
inteligente. Las personas estúpidas sólo conversaban
de cosas estúpidas y por consecuencia, aburridas.
Monty podía dormirse en una conversación aburrida.
Pero, con Elsa podía hablar de cualquier tema sin
aburrirse jamás.
El ama de llaves lo miró y trató de disimular
la impresión que le causaba el estado frágil
y enfermizo de Monty Clift.
- Buenos días, señor Clift. ¿Qué
desea desayunar? – preguntó Elsa con un marcado
acento hispano.
- Buenos días, Elsa. Todavía no tengo apetito.
Tal vez, más tarde.
- Bien – dijo Elsa y se retiró del living.
¡Maldita sea! Esa era otra cosa que fastidiaba a Clift.
Siempre había sido demasiado independiente y había
realizado todas las tareas de la casa incluyendo las compras
y la cocina. Pero en la actualidad, su visión empeoraba
progresivamente y ya no podía prepararse un simple
desayuno. Se dirigió hacia el vestíbulo donde
siempre se hallaba el diario. A los segundos, regresó
al living con el New York Times. Fijó su vista en
la tapa del mismo. Levantó el periódico y
lo colocó muy cerca de su rostro para poder leer.
- No esfuerce su vista. Puedo leerle lo que desee- dijo
Elsa y Clift se sobresaltó.
- Sólo quiero saber la fecha.
- Hoy es lunes 18 de julio.
- Es que no alcanzo a ver el año.
- ¿Acaso se ha vuelto paranoico y cree que le traigo
diarios de otro año?- preguntó Elsa frunciendo
el seño.
Clift
le acercó el periódico.
-
Usted que puede ver bien, ¿dice 1966?
- No, dice 1948 – contestó Elsa burlonamente.
Luego preguntó, también en tono burlón:
- ¿No me diga que se subió a la máquina
del tiempo y no sabe bien en qué época aterrizó?
Clift se rió y no dijo nada. Pero, se quedó
pensando en la pregunta de Elsa. “¡Dios mío!
¡Si supiera que no está tan lejos de la verdad!”
Capítulo 4
Buenos Aires – Argentina – Mayo de 2006
Habían pasado dos semanas desde que Mónica
realizara una regresión a vidas pasadas y aún,
no salía de su asombro. De todas maneras, decidió
no comentarlo con nadie. Después de todo, ¿quién
le iba a creer?
Estaba bebiendo té en la cafetería de la Avenida
Rivadavia y Mendoza, pensando en su experiencia con la regresión
y armando el rompecabezas que parecía aclarar muchos
hechos de su vida que nunca había comprendido.
Mónica había tenido una infancia idílica.
Era la menor y, por lo tanto, la consentida de la casa.
Su hermano mayor la había mimado y sus padres habían
sido cariñosos y generosos. Desde pequeña,
gozaba de una excelente salud y si bien, su familia no era
adinerada, nunca le faltó nada. Sus padres le habían
dado todo lo que, había estado a su alcance. Pero,
en lo profundo de su ser, Mónica albergaba mucho
miedo y dolor. ¿Por qué? Esa era una pregunta
que en la infancia, se halla de manera inconsciente y que
por ende, no busca respuestas. Claro que, la adolescencia
se encarga de demandar la explicación de ese gran
interrogante. Y al igual que todos los mortales del mundo,
Mónica no era la excepción a esa regla. Ni
bien se abrieron las puertas de la pubertad, su miedo comenzó
a ser más palpable. Era fines de 1988, cuando empezó
a escuchar gritos que nadie más oía. Escuchaba
el estruendo de las bombas y el silbido de las balas como
si afuera hubiera una guerra. El insomnio se apoderó
de ella. Su madre trataba de tranquilizarla.
-¡Me van a matar! ¡¿No los oís?!
¡Me gritan que me van a matar! ¡No salgas y
no dejes que nadie salga de la casa!
- Nadie te va a matar. Sólo fue una pesadilla.
- Pero, si estoy despierta.
- Todo va a estar bien. Creeme- le decía su madre
mientras la abrazaba.
Así fue como vinieron los ataques de pánico
y la agorafobia se apoderaba de Mónica, de vez en
cuando, haciendo que ésta se encerrase durante meses
en la casa, sin querer asomar las narices ni siquiera al
patio de la misma.
La terapia psicológica y los psicofármacos
la ayudaban pero, el miedo y la pena seguían instalados
en ella.
El doctor Schwartzmann era un excelente profesional y la
había ayudado mucho. Pero, la regresión a
vidas pasadas, le había dado las respuestas que la
psiquiatría, no había podido ofrecerle.
Capítulo 5
Buenos Aires – Argentina – Junio de 2006
La biblioteca pública estaba bastante concurrida
aquel día. Tal vez, porque afuera, llovía
a cántaros. La mayoría eran estudiantes universitarios.
A Mónica aquel lugar se le antojaba una especie de
iglesia por el silencio que reinaba allí. Muchas
veces iba a aquel sitio justamente por ese motivo. La quietud
que había en la sala de lectura, la ayudaba a serenarse
y a meditar. Aquel día, sin embargo, había
ido a leer. Liliana, una joven psicóloga quien la
ayudó a realizar la regresión a vidas pasadas,
le había sugerido varios libros de Brian Weiss. Weiss
es un médico psiquiatra norteamericano que trabaja
en una clínica privada del Estado de Florida y en
los últimos veinte años, ha ayudado a muchos
de sus pacientes con la terapia de regresión a vidas
pasadas. Para Mónica, éstos libros eran una
especie de refugio donde podía compartir sus experiencias
con otras personas que habían sido partícipes
de éste método de sanación . Le resultaba
difícil dialogar con otras personas sobre lo que
había experimentado. Para Schwartzmann solo existía
la terapia tradicional. Para su familia, el tema los hubiera
inquietado, sobre todo a su padre y a su hermano. “Mónica
y sus delirios” “Necesita ayuda” “Mónica
no está bien” “Llevémosla al psiquiatra”.
Así había sido en los últimos diez
años sin que cambiase mucho las cosas. Terapia psicológica
o no, los fantasmas seguían aferrados a Mónica.
Recién en estos últimos dos meses, había
comenzado a percibir cierta claridad y los fantasmas, de
a poco, se iban alejando. En cuanto a sus amigos, no conocía
a nadie que supiera mucho del tema. Por lo tanto, no podía
compartir lo que había vivido con ninguno de ellos.
Sólo con Liliana con quien hablaba por teléfono
algunas veces o se comunicaba vía E-mail y es que,
Liliana vivía demasiado lejos. Se conocieron a través
de un primo de Mónica y arreglaron encontrarse en
casa de éste. Pero, con su primo tampoco podía
dialogar mucho, ya que, también vivía lejos
y trabajaba a tiempo completo.
Sólo a su madre, le había hecho saber algunas
cosas pero, a medias porque temía que se asustase.
Cierto era que, su madre siempre había sido su confidente.
Aún así, decidió ir contándole
de a poco para que, pudiera digerir la idea más pausada
y tranquilamente.
Después de todo, como dijo el doctor Schwartzmann:
“era su vida actual lo que importaba”. Las personas
que conocían a Mónica querían saber
sobre Mónica y no sobre quién o quiénes
había sido ella anteriormente. Eso, sólo le
concernía a ella
Capítulo 6
Amman – Jordania – 1916
La casa donde vivía Mitzja era una vivienda precaria.
Pero, para él era un santuario. Un refugio de paz.
Pese a que, las bombas no perdonaban ni a nadie ni a nada,
Mitzja creía que su hogar estaba protegido de cualquier
ataque como si lo envolviera un aura angelical. O por lo
menos, eso era lo que quería creer. La idea, lo reconfortaba.
Aquella noche había regresado junto a su padre sano
y salvo pero, uno de sus amigos había sido degollado.
Mitzja había logrado escapar por milagro. No le relató
el hecho a su padre. Sabía que éste estaba
demasiado preocupado. Mitzja era su único hijo varón
y si ambos morían, perderían todas sus posesiones
ya que, su madre y sus hermanas por ser mujeres, no tenían
derecho a nada.
- Mitzja, si muero, deberás casar a tus hermanas.
En cuanto a tu madre, ellas se ocuparán de cuidarla.
Pronto, tú tendrás edad suficiente para formar
tu familia. De esa manera, nuestro linaje no acabará
y todo lo que poseemos, no se perderá.
- Sí, señor.
- Sabes que nuestras cosas más valiosas están
en un lugar seguro y que es para ti.
- Lo se, señor.
- Mañana saldremos antes de que amanezca. Espero
que ésta guerra termine pronto. Trata de quedarte
cerca de mí. Yo te protegeré. No vuelvas a
alejarte como lo hiciste hoy.
- No lo haré, señor.
- Sólo nos tenemos el uno al otro y a nadie más.
- Si, señor.
- Ahora, ve a dormir. Mañana te llamaré temprano.
Trata de descansar lo más que puedas. Nos espera
otro día difícil.
Pero, Mitzja no podía dormir. Aunque, ya se había
acostumbrado al bombardeo, no podía evitar el sentir
pánico. Todas las noches cerraba los ojos deseando
que, al apuntar el alba, todo hubiera terminado. Su padre
vendría a despertarlo contento: “¡Mitzja,
la guerra ha terminado!”
Pese a toda la tensión, logró dormirse.
Capítulo 7
Nueva York – Estados Unidos – 1966
El sarcástico comentario de Elsa sobre la posible
paranoia y la máquina del tiempo, había causado
mucha gracia a Monty Clift.
Aquella mañana, a pesar de todo, el actor estaba
de muy buen humor. Claro que, Elsa se preguntaba cuánto
tiempo duraría éste.
- ¿Leyó la noticia en la tapa del diario?-
preguntó Clift seriamente
- No
- Entonces, no se enteró.
- ¿De qué?
- Dicen que van a asesinar a todos los hispanoamericanos
que residan en Nueva York.
- Me alegra que esté de buen humor.
- ¿Cuándo no lo estoy?
- ¿Me lo pregunta en serio o es un chiste?
- ¿Cuántos años hace que vive en éste
país? – preguntó Clift ignorando la
pregunta burlona de Elsa.
- Quince años
- ¿Y cuántos años hace que trabaja
en esta casa?
- Por desgracia, casi siete años.
- ¿Y cuándo va a aprender a hablar bien el
inglés?
- Cuando usted aprenda el español.
- Disculpe por no saber su idioma.
- No se preocupe. Usted es muy culto de todas formas. Habla
perfectamente el francés, el italiano y el alemán.
Claro que, si no sabe hablar el español, no ha aprendido
ningún idioma importante.
- No sabía que el español es el idioma más
importante- dijo Clift cínicamente.
-. Ahora, lo sabe.
- ¿Puedo preguntarle algo sin que piense que estoy
loco?
- Usted está loco no importa lo que pregunte.
- Esta vez no es broma, Elsa. Quiero que me conteste sinceramente.
-¿Qué quiere saber?
- Debe ser muy sincera con su respuesta.
- ¡Pregunte!
-¿Soy un buen hombre?
Elsa lanzó una carcajada.
-¿Esa es su respuesta, Elsa?
- Perdón, me olvidé que la pregunta era en
serio- dijo Elsa todavía riendo.
Luego suspiró y miró a Clift – usted
es un buen hombre. Lo que sucede es que, muchas veces, sus
nervios lo traicionan. A veces, tiene un humor del diablo
y dan ganas de matarlo. Pero, en otras ocasiones, es usted
un hombre tan dulce, amable y generoso, que todo se le perdona
y quienes lo conocemos, nos terminamos olvidando de sus
locos arrebatos. Creo que debería casarse.
- Ya estoy viejo para eso.
-¡¿Por qué siempre habla como si tuviera
ochenta años?!
- Nunca quise casarme ni tengo planeado hacerlo y no quiero
hablar mas del asunto. ¿Sabe que es lo que me pone
de mal humor? ¡La gente que se empeña en decirme
lo que debo hacer!
-¿Por qué no sale al jardín y toma
un poco de aire fresco?
-¡Otra vez diciendo lo que debo hacer! No puedo distinguir
las flores, ni cocinar mi propia comida. Tengo una biblioteca
con cientos de libros y no puedo leer ninguno. ¡Mi
vista está cada vez peor!
- Yo no le dije que mirara las flores o que preparara su
comida o que leyera. Sólo le sugerí que tomara
un poco de aire fresco. Le vendría bien para sus
pulmones.
Clift se puso de pie y se alejó de Elsa subiendo
por las escaleras hacia su habitación.
Elsa meneó la cabeza y mirando el reloj, pensó:
“Una hora. No me puedo quejar. Su buen humor duró
bastante”.
Capítulo 8
Buenos Aires – Argentina – Julio de 2006
El mundial de fútbol de Alemania había culminado
con la victoria de…¿Francia? ¿Italia?
¡Qué diablos importaba! A Mónica hacía
años que le había dejado de interesar el fútbol.
Su hermano la llamaba “amarga”. Pero, la mayoría
de las personas con un mínimo de inteligencia, sabía
que, esa clase de eventos, estaban arreglados de antemano.
Desde hacía semanas, había comenzado a concurrir
a un taller literario. A Mónica siempre le había
gustado escribir y era adicta a los libros. Le gustaba el
grupo que se había formado en el taller. Discutían,
se burlaban de sí mismos, criticaban los trabajos
de cada uno, se reían, se enojaban, pero compartían
una pasión en común: la literatura.
Uno de los puntos fuertes de Mónica, como había
observado el coordinador, eran los diálogos de sus
relatos.
- Tal vez, deberías dedicarte al guión –
le sugirió
A Mónica le entusiasmaba la idea. Aunque sabía
que el guión, tanto de cine como de teatro, no era
tarea fácil. Requería de muchos pasos, mucho
tiempo y mucha paciencia. Pero, se dijo: “puedo hacerlo”
Al doctor Schwartzmann le encantaba el hecho de que Mónica
estuviera en un taller literario. Por fin parecía
haber encontrado algo en que volcar toda esa energía
que Mónica, no se daba cuenta que poseía.
Por otro lado, era una manifestación de que había
dejado atrás toda esa teoría de las vidas
pasadas y se interesaba por su actual existencia y trabajar
en el mejoramiento de ésta.
Mónica solía llevarle copias de los relatos
y poesías que escribía. La consulta terapéutica
se basaba mas que nada en los comentarios de estos escritos.
Mónica le comentó sobre la sugerencia del
coordinador con respecto al guión.
- ¡Es una excelente idea, Mónica! Además,
no te olvidés que escribir, es un don. Hay muchos
arquitectos, hay muchos abogados, hay muchos médicos
pero, escritores, hay muy pocos.
Mónica sabía que Schwartzmann se lo decía
por amabilidad y para alentarla. Pero, lo importante era
que, todo aquello la entusiasmaba mucho.
Capítulo 9
Buenos Aires – Argentina – 2006/2007
Era víspera de Navidad. Hacía tres semanas
que Mónica se había despedido del taller literario
y había ingresado a uno en el que, se dedicaba exclusivamente
al guión de cine.
La fiesta de Navidad la había festejado junto a toda
su familia. A diferencia de otros años, Mónica
se encontraba contenta de festejar las fiestas de fin de
año. Es cierto que, nunca había sido una “Ebenezer
Scrooge”(*) pero, tampoco simpatizaba mucho con todo
eso de la “feliz Navidad” y el “feliz
año nuevo”. Tal vez, porque en otros años,
sabía que las cosas no cambiarían para ella.
Pero, el año 2006 había sido diferente. Sus
miedos iban desvaneciéndose. Las dudas iban aclarándose.
Los fantasmas se disipaban. En consecuencia, el año
2007 se le presentaba como un “verdadero” nuevo
comienzo. Por fin, pudo decir “feliz año”
sin que, sonara falso, sin tener que actuarlo.
A mediados de febrero, terminó el guión. Al
profesor del taller, le encantó. Para Mónica
había sido un desafío ya que, nunca había
sido constante. Le había llevado mucho tiempo pues,
el guión antes de comenzar a escribirlo, requería
de siete pasos. Pero, Mónica realizó todos
los pasos con mucha paciencia y al final, el esfuerzo rindió
sus frutos.
Quizás, algún día sería llevado
al cine. Pero solo, quizás.
(*) Personaje de “Un cuento de Navidad” de Charles
Dickens
Capítulo
10
Amman – Jordania – 1916
- Mitzja, despierta y toma tu rifle. Ya nos debemos ir.
Mitzja se sobresaltó al oír la voz de su padre.
No sabía que sucedía. Luego, cayó en
al cuenta de que, se hallaba en su hogar y debía
salir con su padre a pelear.
Pese al temor que sentía, tomó el rifle y
salió con firmeza. La ciudad de Amman lucía
hermosa minutos antes del alba. Hacía que por un
instante, Mitzja se olvidara del infierno en el que estaba
atrapado aquel bello lugar. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Pese a la guerra, siempre había amado a su país.
Allí había nacido y había crecido.
Un agudo dolor atravesó su corazón y tuvo
el presentimiento de que, aquel hermoso amanecer, sería
el último que verían sus jóvenes ojos.
Caminó rápida y sigilosamente junto a su padre.
Había demasiado silencio y eso, no era buena señal.
Pasaban por al lado de una casa casi destruída, cuando
vieron aparecer a un grupo guerrillero enemigo a cincuenta
metros de distancia. Estos vestían de oscuro: mantos,
túnicas y turbantes de color negro. Dispararon hacia
Mitzja y su padre. Este último empujó a su
hijo hacia la casa destruida y comenzó a disparar
ocultándose en la entrada de la misma.
- ¡Quédate ahí, Mitzja!
Los disparos siguieron. Su padre mató a uno de los
guerrilleros pero, otro de ellos se hallaba en el techo
de la casa y se arrojó sobre él.
Mitzja pudo ver que su padre era golpeado en la cabeza con
la culata del rifle. Disparó al guerrillero matándolo.
Su padre se encontraba en el suelo inconsciente. Mitzja
se le acercó y al hacerlo, se dio cuenta que el resto
del grupo, tres hombres, se hallaban muy cerca de él.
El presentimiento que había experimentado más
temprano, comenzaba lamentablemente, a convertirse en un
hecho.
Capítulo
11
Nueva York – Estados Unidos – 1966
Aquel miércoles a la mañana, Elsa había
salido a hacer unos trámites. Monty Clift había
vivido solo casi toda su vida y por ende, estaba habituado
a la soledad. Pero, en aquel momento, deseaba que Elsa,
estuviera allí. Estaba asustado. No sabía
cómo explicar la causa de su miedo pero, éste
se había convertido en una compañía
constante, en los últimos tiempos.
Luego de andar por la casa, se sentó en la escalera
que unía la planta baja con el primer piso. Le dolía
mucho el pecho y su respiración era entrecortada.
Sin embargo, no era su mala salud lo que, lo asustaba. Era
un ruido estruendoso que provenía de la calle unido
a gritos desesperados. Pero, Clift sabía que éstos,
solo estaban en su mente. Aún así, temblaba
de miedo. Se puso de pie y subió las escaleras tan
rápido como se lo permitieron sus pulmones. Al llegar
a su habitación, se dirigió al baño
y abrió el botiquín. Ingirió unos cuantos
calmantes. Luego, se sentó en el borde de la bañera
y respiró hondamente. “Soy un idiota neurótico”-
pensó.
Unos minutos más tarde, bajó al living. Caminó
al minibar y se sirvió un vaso de Vodka. El efecto
de los calmantes era ahora más fuerte. Comenzó
a serenarse. Recordó que Elsa, antes de irse, le
había dicho:
- Trate de comer algo. En la nevera, le dejé el almuerzo.
Es ensalada de atún. Es una comida muy sana y por
lo tanto, no le va a caer mal. Le juro que si no come algo,
me voy a enojar y mucho.
Elsa tenía razón. En los últimos días,
no había comido casi nada. Se dirigió a la
cocina y sacó la ensalada de atún de la nevera.
Se sentó allí mismo, ante la pequeña
mesa de la cocina y se sirvió jugo de pomelo. Comenzó
a comer pero, le resultaba difícil digerir cada bocado,
a pesar de que, la ensalada estaba riquísima. Se
obligó a comer unos bocados más y se puso
a pensar que necesitaba hacer algo para no enloquecer del
todo.
Unos meses antes, había estado en Francia trabajando
en una película. Elizabeth Taylor lo había
convencido para que, aceptara el papel principal de una
película que se comenzaría a filmar a fines
de ese mes. Se trataba de “Reflections in a golden
eye”. A Monty, el guión no le había
interesado mucho pero, era mejor que no hacer nada.
“Después de todo, ¿llegaría realmente
a trabajar en esa película?”. Su rostro se
ensombreció y trató de no pensar más
en ello.
Capítulo 12
Buenos Aires – Argentina – Invierno de 2007
A mediados del año 2007, Mónica comenzó
un seminario de Reiki. La primera parte del mismo, tuvo
lugar un día domingo y duró seis horas. Durante
ese lapso, ella y otras cinco personas, compartieron sus
conocimientos y experiencias con las prácticas orientales.
Mónica comentó que había realizado
una regresión a vidas pasadas.
- Eso quisiera hacer yo. ¿A dónde fuiste?
¿Quién te ayudó?
- Una amiga de mi primo. Puedo darte el número de
teléfono. Vive bastante lejos. Aunque, yo te aconsejaría
que no lo hagas. Es decir, vos estás acá para
estar mejor, ¿verdad?. La meditación y el
Reiki, nos ayudan a cicatrizar las heridas del espíritu
y lograr un equilibrio entre éste, la mente y el
cuerpo. Suponiendo que hayas tenido alguna vida previa,
la práctica de ambas cosas, sanarán tu alma,
aunque ignores tus vidas anteriores. Algunas personas se
someten a la regresión porque sufren de ataques de
pánicos, fobias o trastornos que les impiden llevar
una vida normal. Pero, si vos no tenés éstos
trastornos, no es necesario que realices una regresión
al menos, que lo hagas por simple curiosidad. Sepas o no
quién fuiste anteriormente, si tu alma carga con
una gran herida, ésta se va a sanar a través
de la meditación, el Reiki o cualquier otra práctica
oriental de curación. A veces, es mejor no saber
ciertas cosas porque cuesta mucho asimilarlas. Además,
lo importante es quién sos ahora.
Mónica se dio cuenta que sin querer, estaba citando
las palabras del doctor Schwartzmann y sonrió.
La señora a quien se había dirigido, no quedó
muy convencida pero, dijo:
- Supongo que tenés razón
- Nadie es dueño de la verdad – le dijo Mónica
– por eso, te voy a dar el número de teléfono
de ésta mujer. Yo sólo te di un consejo pero,
es tu decisión.
Luego de dejar aquel sitio, la misma señora se le
acercó a Mónica y una vez que estuvieron en
la calle, le preguntó:
- En tus vidas pasadas ¿Pudiste ver algo en común
con tu vida actual?
- Si, por supuesto. Además del alma y otros hechos
significativos, me di cuenta que mis nombres en las diferentes
vidas que tuve, siempre tenían las mismas iniciales.
Incluso, las mismas que tengo ahora. Claro que, éstas
no estaban siempre en el mismo orden pero, como dicen: “el
orden de los factores, no alteran el producto”
La señora rió y se despidieron deseándose
buena suerte en aquel nuevo camino, que habían emprendido.
Después de un tiempo de practicar Reiki y meditación,
Mónica comenzó a sentirse mucho mejor. Incluso,
disminuyó la dosis del psicofármaco que tomaba.
Capítulo
13
Amman – Jordania – 1916
Para cuando Mitzja notó la presencia de los tres
hombres de oscuro, ya era demasiado tarde. Uno de ellos,
lo arrastró hacia el interior de la casa destruida.
Los otros dos, rociaron con un líquido el cuerpo
de su padre y lo prendieron fuego.
- ¡Nooo!- gritó Mitzja desesperadamente.
- Tú eres sólo un niño, Ni siquiera
sabes porqué estás peleando, ¿verdad?
Podrías venir con nosotros. Necesitamos jóvenes,
¿qué me dices?
- Antes prefiero la muerte – le dijo Mitzja
Luego de escupirle el rostro, el hombre le gritó:
- ¡Pues, eso haremos! ¡Te vamos a matar!
Mitzja conocía el método que utilizaban estos
hombres. La muerte sería un bálsamo de paz,
luego de una larga agonía.
Los tres hombres comenzaron a patearlo y a golpearlo con
la culata del rifle en diferentes partes del cuerpo, excepto
la cabeza hasta que, Mitzja se derrumbó en el suelo.
Lo estacaron y siguieron pateándolo. Mitzja ya no
pensaba en los golpes. Su cuerpo estaba adormecido por el
dolor pero, su alma estaba bien despierta y sufría
su propio martirio. “¿Qué clase de mundo
era éste, en donde los niños eran torturados?
¿Para qué nacer, crecer, formar una familia
en un mundo así? ¿Cuál era el propósito
de la vida, si es que existía alguno?” Con
doce años, Mitzja Calen- Ebdul se preguntaba todo
aquello. No era solo su cuerpo lo que estaban torturando.
Su alma y su corazón se estaban destrozando.
Uno de los hombres, comenzó a hacerle cortaduras
con una navaja en los brazos y en las piernas. Por último,
el hombre le sonrió con maldad y lo castró.
Mitzja lanzó un grito tan fuerte que las paredes
parecieron retumbar.
Los hombres de oscuro, se alejaron dejándolo abandonado
en aquella postura. La sangre emanaba cada vez más.
Mitzja se fue desvaneciendo. Por su rostro, corrían
lágrimas que brotaban de sus ojos llenos de horror.
Una hora después, éstos se cerraron y su alma
abandonó su pequeño cuerpo.
Capítulo 14
Nueva York – Estados Unidos – 22 de julio de
1966
-¿No tiene ganas de cenar, señor Clift? –
preguntó Elsa observando que éste no había
ni tocado el caldo.
- Para ser sincero, no. Lo siento, Elsa. Usted no tiene
obligación de cocinar nada. Yo siempre preparé
mi propia comida y ahora me apena que tenga que hacerlo
otra persona. Usted se tomó la molestia de hacer
este caldo y yo no tengo apetito.
- Deje de preocuparse tanto. ¿Por qué no me
cuenta algo agradable? ¿Le gusta irse de viaje?
- Por supuesto. Sobre todo a Europa.
- ¿Qué ciudad europea le gusta más?
- Todas las ciudades tienen su encanto particular. París,
Roma, Londres. Viena es hermosa y Berlín es quizás,
la capital más bella de Europa. Lástima que
después de la guerra, quedó en ruinas y ahora,
con el muro, es peor. No tiene idea de lo linda que era
Berlín antes de la guerra. Pasear por allí
era un placer. Lo único que arruinaba el paisaje,
era la presencia de la GESTAPO. Pero , a pesar de ésta,
valía la pena caminar por aquellas calles.
- Debe ser lindo viajar y conocer diferentes lugares.
- Lo es. Como decía Oscar Wilde : “Cuando descubres
la inutilidad de la vida, puedes hacer dos cosas: suicidarte
o viajar”
- El señor Wilde tenía una manera muy negra
de ver la vida.
- Tal vez, pero era un hombre inteligente.
- Y eso es lo que importa , ¿verdad?. Usted perdonaría
a cualquier persona siempre y cuando ésta sea inteligente,
¿no? No importa que clase de persona sea. Si es inteligente,
se ganará su respeto, ¿me equivoco?
- No, no se equivoca. Mientras una persona sea inteligente,
puedo perdonarle cualquier cosa. Incluso que sea productor
de Hollywood – dijo Clift riendo.
- ¿Por qué nunca le agradó Hollywood?
- Es un lugar frívolo, superficial y completamente
falso.
- Creo que de todas formas, debió haberse unido a
ellos y jugar acorde a sus propias reglas.
- ¿Y dejar que me convirtieran en un títere?
- ¡Vamos! ¡Tan malo no debe ser!
- ¡Por Dios, Elsa! Usted no conoce Hollywood. De lo
contrario, estaría de acuerdo conmigo. Si conociera
aquel sitio y, aún así, siguiera pensando
que no es tan malo, yo diría que usted tiene una
manera de mirar la vida mucho más negra que la de
Wilde.
- Tal vez, tenga usted razón. Después de todo,
yo no puedo opinar mucho, ya que, no conozco Hollywood.
- Le puedo asegurar que no se pierde de nada, Elsa. En fin,
estoy muy cansado. Me voy a bañar y luego, me voy
a acostar. No se olvide las llaves. Trate de no irse muy
tarde. Nos vemos el lunes.
- Pensaba venir mañana para prepararle el desayuno.
- No, no me gusta que venga los fines de semana. Debe estar
con su familia. Ya hace bastante por mi. Yo voy a arreglármelas.
- Pero…
- Buenas noches, Elsa. Dele mis saludos a su familia.
- Gracias, señor Clift y buenas noches
Clift se dirigió hacia la escalera y subió
a su habitación a paso lento. Elsa se quedó
mirándolo preocupada. Luego de guardar el caldo y
lavar la vajilla, se fue de la casa.
Desde una de las ventanas del tercer piso, Clift observaba
a Elsa cuando ésta se subió al taxi. Sabía
que la conversación de aquella noche, había
sido la última. Pero, no sentía miedo ni tristeza.
Estaba extrañamente tranquilo. Luego de tomar un
baño, se acostó para dormir el sueño
eterno.
A la mañana siguiente, el jardinero llegó
a las nueve como acostumbraba hacerlo todos los sábados.
Después de unas horas de trabajar en el jardín,
le pareció extraño no ver a Monty Clift. Ya
era casi el mediodía. Sabía que la salud de
Clift estaba empeorando por lo que, tuvo un mal presentimiento.
Entró en la casa y comenzó a llamarlo. Pero,
no recibió respuesta. Decidió subir las escaleras
hacia la habitación de Clift. Al llegar a ésta,
golpeó la puerta pero, como respuesta, sólo
hubo silencio. Golpeó más fuerte y varias
veces. Nada. Quiso abrir la puerta pero, estaba con llave.
Bajó corriendo y se dirigió al jardín
para buscar una de sus herramientas. Subió otra vez
y rompió la cerradura con el mango de una tijera
de podar. La puerta no cedía. Le dio una patada y
al fin, ésta se abrió. Entró a la habitación
y halló el cuerpo inerte de Clift que yacía
en la cama, como si estuviera durmiendo.
Un ataque cardíaco, causado por un edema pulmonar,
le había puesto fin a su vida terrenal.
Capítulo
15
Buenos Aires – Argentina – Septiembre de 2007
Para la primavera, Mónica se había reunido
con sus amigos del taller literario. Les comentó
que había escrito una novela.
- Me gustaría que la lean y me den su opinión.
Mónica
la había escrito en su computadora y había
hecho varias copias. Sus ex compañeros del taller
se las querían pagar.
- No, sólo quiero sus opiniones. Les va a parecer
muy fantasiosa y…
- ¡Esa son las mejores novelas!
- Es verdad. ¿Sabés lo que deberíamos
hacer?
- ¿Qué?
- Editarla. Tenemos un pequeño sello editorial que
formamos, desde hace tres años, todos los talleres
literarios de la zona. Sería una edición muy
sencilla, por supuesto.
- ¿Cuánto me costaría la edición?
- Nada. Va a ser nuestro regalo de cumpleaños. ¿No
es acaso, el mes que viene?
Mónica no supo qué decir. Sólo atinó
a balbucear:
- Pero,…
- Pero, nada. En unas semanas, vas a tener algunos ejemplares
para repartir entre amigos y familiares. Podés obsequiar
algunos en la calle para aquellos a quienes les guste leer.
- Gracias. No se que decir. Me dejaron sin palabras.
- Eso si que es nuevo- dijo uno de sus compañeros
y todos rieron.
A las pocas semanas, fieles a su palabra, tenían
los libros listos. Eran cincuenta ejemplares. Mónica
introdujo uno de ellos en un sobre grande y lo mandó
a una agencia de Beverly Hills, California. “Para
leer esto, va a necesitar un traductor de español.
Bah, si es que, se toma la molestia de leerlo. Tal vez ni
siquiera llegue a sus manos. No importa. Igualmente, no
pierdo nada con mandárselo”.
Capítulo 16
Buenos
Aires – Argentina – Octubre de 2007
- Tal vez sea ginecológico o psicosomático.
Igualmente, deberías ir a la ginecóloga para
sacarte las dudas- dijo Schwartzmann. Luego cambió
de tema:
- ¿Seguís escribiendo?
- Sí, terminé una novela y como ya te imaginarás,
trata de la regresión a vidas pasadas.
Scwartzmann
ya estaba acostumbrándose a la idea de que, Mónica
no daría el brazo a torcer con respecto a la reencarnación.
-
La literatura es lo tuyo, sin dudas- le dijo Scwartzmann
sonriendo satisfecho.
Mónica
se despidió de él y al llegar a su casa, se
comunicó telefónicamente con Liliana.
-
Sólo son dolores vaginales y la menstruación
me dura muchos días.
- No te olvides de la "castración".
- Si, yo pensé lo mismo.
- Igualmente, para quedarte tranquila, consultá con
la ginecóloga. El martes nos vemos.
- Te espero y gracias.
- Besos del alma. "Con Dios".
Luego de colgar, Mónica decidió ir al centro
a caminar un rato y ver vidrieras.
Entró en una librería de la calle Florida.
Después de dar vueltas por la misma, durante media
hora, se detuvo ante un libro inmenso, que estaba sobre
un estante, separado del resto y en cuya tapa, estaba Marilyn
Monroe. Mónica siempre había admirado a Marilyn.
¡Era tan hermosa! Tomó el libro y comenzó
a hojearlo a la inversa, como tenía por costumbre.
Es decir, de atrás hacia delante.
El libro era un inmenso álbum de fotos. Antes de
que uno de los empleados de la librería la interrumpiera,
había alcanzado a ver sólo las últimas
fotos de la vida de Marilyn ya que, había empezado
a mirar el libro desde las últimas páginas.
Estaba la foto de Marilyn cantando el “happy birthday”
a John F. Kennedy. Había varias fotos en la que estaba
junto a Arthur Miller y otra más pequeña en
la que estaba junto a Montgomery Clift a la salida de un
teatro en Broadway. Ambos parecían alegres, sobre
todo Marilyn con esa eterna y luminosa sonrisa que, siempre
la caracterizó. Mónica miró esa foto
detenidamente y sonrió.
- ¿Desea que la ayude en algo, señorita?-
preguntó el empleado.
Aquella pregunta tenía doble significado. Por un
lado, quería ayudarla y , por el otro, teniendo en
cuenta que, antes de que abriera el libro de Marilyn, ninguno
de los empleados se le había acercado en la media
hora que estuvo allí, quería darle a entender
lo siguiente: “Si no va a comprar nada, no se ponga
a hojear los libros. Esto no es una biblioteca”
- No, está bien, gracias – dijo Mónica
sonriendo y colocando el libro de Marilyn donde había
estado.
Se fue de la librería pensando: “Tal vez algún
día alguien diga: si, desearía que me muestre
un libro de Mónica Cáceres, que se titula
…” “¡Soñar no cuesta nada!”
Después de todo, no tenía nada de malo ser
una escritora “a secas”. Recordó la foto
de Marilyn y Monty Clift que había visto hacía
unos instantes. “Marilyn Monroe fue rica y famosa.
Y acaso, ¿fue feliz? NO. Montgomery Clift fue rico
y famoso. Y acaso, ¿fue feliz? NO.” Para Mónica,
esas referencias ya eran suficientes para no preocuparse
por la fama. Acababa de cumplir treinta y tres años.
La edad de
Jesucristo
al morir en la cruz pero, a diferencia del Hijo del Creador,
Mónica sentía que su vida recién comenzaba
y que, se había quitado una enorme cruz de encima.
Un hombre pasó caminando muy rápido por su
lado y la empujó. Ni siquiera se detuvo a pedir disculpas.
“¿Qué pasa con la gente que vive a las
corridas como si no tuviera tiempo de nada? Justamente,
tiempo es lo que nos sobra. Tenemos toda una eternidad por
delante” Aquel maravilloso ser, llamado Jesús
de Galilea, dijo una hermosa frase: “aquel que crea
en Mí, jamás morirá, mas tendrá
vida eterna”. La frase era sencilla y clara. Por lo
tanto, ¿cómo no podían entenderla?
Capítulo 17
Amadora – Portugal – 1896
Mercedes Elena Cárdenas, se hallaba en cama volando
de fiebre. El parto había sido difícil. Sólo
recordaba la hemorragia y la cara de preocupación
de su marido al hablar con el médico. Nadie le había
aclarado lo que había sucedido con su bebé.
Pero, Mercedes ya se lo imaginaba. Ya habían pasado
unos días y ahora intentaban salvarla a ella. La
neumonía estaba acabando con sus pulmones. El médico
había hecho todo lo que estaba a su alcance. Tal
vez, si no hubiera tenido esa hemorragia tan grande, hubiera
existido alguna esperanza. Todos en su familia le habían
dicho que, con su salud tan frágil, no podía
correr el riesgo de tener un hijo. Pero, a Mercedes no le
había importado y había quedado embarazada
porque creía que, aunque las posibilidades de tener
un bebé sin complicaciones, eran mínimas,
debía arriesgarse. Su marido se culpaba. Mercedes
estaba tan débil que no podía decirle, que
no era su culpa, que era algo que ella había decidido
afrontar y no se arrepentía, a pesar de que, en ese
momento, tenía que enfrentarse a la muerte. Aún
así, no se quejaba. Sólo tenía veinticuatro
años de edad pero, su corta vida había sido
maravillosa. Había crecido en la hermosa Amadora
cerca del mar. Había tenido unos padres muy cariñosos
y un marido muy compañero, quién la había
amado y cuidado de tal forma, que muy pocas mujeres podrían
imaginar.
Su infancia, sus padres, su marido y aquel bello lugar sobre
la costa del Atlántico, habían sido una verdadera
bendición. Así pues, al morir, se marchaba
de un paraíso para entrar en otro. ¿De qué
podía quejarse, entonces? “Algún día,
nos encontraremos todos juntos al lado del Padre. Sólo
debemos tener paciencia.”- pensó y una leve
sonrisa asomó a su rostro. Cerró los ojos
y se entregó a la eternidad.
Capítulo
18
Buenos
Aires- Argentina- Noviembre de 2007
Luego
de varias regresiones, los dolores vaginales de Mónica
habían desaparecido. De todas formas, había
visitado a la ginecóloga pero, luego de varios exámenes,
ésta no había hallado ninguna anomalía.
Mónica le había comentado esto al doctor Schwartzmann.
-
Me alegro que te encuentres bien. Te dije que podía
ser algo psicosomático
- Pero, estos dolores yo los tuve durante bastante tiempo
y no creo que hayan desaparecido por arte de magia. Fui
a la ginecóloga porque ya había pedido el
turno pero, al visitarla, no sabía que decirle porque
no me dolía nada. Igualmente me revisó y luego
me hice los exámenes ginecológicos que me
indicó.
- Es señal de que estás más relajada
y emocionalmente, mucho más equilibrada.
- ¿Y qué me decís de los ataques de
pánico?
- Eso hay que seguir trabajándolo. Los ataques de
pánico son producto de temas no resueltos en la infancia.
Mónica
venía escuchando esa historia desde hacía
años pero, sabía que Schwartzmann quería
"realmente" ayudarla. Aunque sea, "al estilo
Freud".
Mónica no subestimaba ni a los psiquiatras, ni a
los psicólogos, ni a "herr Sigmund" pero,
no creía que lograran, si bien amortiguaban los síntomas
con psicofármacos, "CURARLA".
Era consciente también, que los avances dependían
de su propia voluntad. Mientras tanto, estaba dispuesta
a agotar todos los recursos para encontrar la forma de liberarse
de sus miedos y angustias.
Recordaba la frase del escritor Marco Denevi: "la verdadera
biografía está en el alma y ¿cómo
se hace para escribir sobre eso?"
Mónica meditaba: "¿y cómo se hace,
además, para sanar todas las heridas del alma?"
Capítulo
19
Chartres-
Francia- 1794
Marcel
vivía en las calles de Chartres. No tenía
familia y, por consecuencia, carecía de apellido.
Lustraba zapatos y la mayoría lo llamaban simplemente
"Marcel". Así lo bautizó por primera
vez, Jacques Pressau, el dueño de un bar, quien le
daba permiso al pequeño Marcel para que lustrara
zapatos en la entrada de su local. Pese a tener un carácter
hosco, el viejo Jacques, muchas veces, se apiadaba del muchacho
y le daba algo de comer o lo hacía dormir en el sótano
del bar, donde guardaba las bebidas. Más de una vez,
había tenido que reñir, llegando incluso,
a enfrentarse físicamente con algunos despiadados
que, parecían gozar robándoles las monedas
a Marcel. Algunos hasta se hacían lustrar las botas
y luego, se iban sin darle nada.
Marcel ignoraba de dónde provenía. Sabía
que lo habían abandonado en una parroquia pero, luego
había escapado de allí porque el párroco
lo golpeaba. De esto hacía ya tres años.
Algunas veces miraba con cierta envidia a los niños
que paseaban en los carruajes con sus padres o a las personas
que leían los periódicos. Él tenía
unos diez años y no sabía ni leer ni escribir
y no conocía a nadie que pudiera enseñarle.
El viejo Jacques no sabía leer muy bien, según
él.
-
Después de todo- decía Jacques estando ebrio-
¿para qué saber? Cuanto mas sabe uno, mas
sufre. Mirá a donde nos llevó la revolución.
¡Mirá! Si tuviera a Napoleón Bonaparte
cerca mío, le daría un botellazo en la cabeza.
Acaso, ¿no es así, Marcel? ¿No es culpa
de Bonaparte? ¿Qué dices, Marcel? La revolución,
¿te ayudó? ¿te dio una familia? ¡Maldito
Bonaparte! ¡Maldita revolución!
Luego
de ese discurso al que, Marcel no encontraba sentido, el
viejo se quedaba dormido sobre una de las mesas del bar.
Marcel no tenía ni idea de quién era Napoleón
Bonaparte pero, el viejo Jacques era una especie de padre
para él y respetaba su opinión.
Cuando fue un poco mayor, trabajaba en el bar de mesero
pero, el local era pequeño, mal administrado y al
poco tiempo, quebró, matando de angustia al viejo
Jacques.
Uno del los clientes le ofreció a Marcel la oportunidad
de trabajar de sepulturero en el cementerio. La paga no
era mucha pero, había un cuarto para él. Marcel
no tenía ni educación ni vivienda y por lo
tanto, aceptó el trabajo aunque, la idea de trabajar
y vivir en un cementerio no le hacía mucha gracia.
-
Acaso, ¿tienes miedo, Marcel?- preguntó el
hombre que le había ofrecido el empleo
- No, pero debe ser un sitio muy solitario
- No, hay mucha gente allí- dijo el hombre lanzando
una carcajada. Marcel también rió pero, el
saber que aquel sitio sería su hogar, le hizo beberse
una botella entera de vino, que su empleador le había
regalado, según éste, para festejar, aunque
ignoraba a qué se debía el festejo.
Capítulo
20
Buenos
Aires- Argentina- Enero de 2008
Mónica
conversaba con Liliana acerca de las pautas o mandatos que
nos ponemos los seres humanos. "Esto es negro, esto
es blanco". "Yo elijo el "negro" porque
con el "blanco" me quemé" "Me
voy a vengar de todo "eso" que tenga que ver con
el "blanco".
-
Supongo que al morir, físicamente hablando, la idea
con la que nos marchamos, se convierte en un mandato para
la siguiente existencia.
- Asi es. Por eso es que, no existe tal cosa como el "castigo".
Nos castigamos solos. Creamos nuestro propio infierno.
- Y ese es el famoso "karma" del que hablan, ¿no?
- Esa es mas o menos, la idea. En realidad, la verdad, entre
comillas y con mayúsculas, no la sabe nadie. Sólo
la conoce Dios y a Él le debemos pedir que nos guíe
hacia esa "VERDAD"
-Y supongo que, el alcoholismo o la drogadicción
es una manera de evadir la responsabilidad de caminar ese
largo trecho hacia Dios. Cuando alguien se suicida. Es como
que "esquiva la pelota". Como el chico que no
va a la escuela porque hay un examen difícil ¿no?
- Claro, pero a la larga, el examen lo va a tener que rendir
o repetirá de año y se atrasará. Y
en el peor de los casos, abandonará el colegio. Éste
ejemplo llevado a la vida, es como retrasar el viaje hacia
Dios.
A un ser así le levará mucho tiempo volver
a ponerse en marcha pero, lo hará porque, como sea,
todos volveremos a Dios ya que de Él venimos y hacia
Él volveremos.
- Yo abandoné el alcohol. Ahora necesito dejar los
psicofármacos.
- Así como ya no sos una persona alcohólica,
algún día, vas a dejar de ser una droga dependiente.
Hay que seguir trabajando en ello. Agotar todas las emociones
y sanar todas las heridas para que no vuelvas a tener ataques
de pánico ni fobias. Los ataques de pánico
no son otra cosa que revivir una muerte o la evasión
de la realidad que siente una persona cuando se alcoholiza
o se droga.
- Si, es cierto. Yo siento como si estuviera a punto de
tener un ataque cardíaco o me quedo paralizada o
me mareo como si estuviera borracha o todo eso junto.
-¿Recordás cuándo y cómo fue
tu primer ataque de pánico?
Mónica
lo recordaba muy bien, sólo que le costaba hablar
de ello.
Capítulo 21
Buenos
Aire - Argentina - Mayo de 1998
Debido
a su agorafobia, Mónica había terminado el
secundario siendo mayor de edad en una escuela nocturna.
Una noche, se hallaba en la escuela y comenzó a sentirse
mal. Su cuerpo se paralizó y su corazón latía
muy fuerte. Parecía que iba a asfixiarse. Ingirió
un ansiolítico pero, aún así, seguía
sintiéndose mal. Como era mayor de edad, le dijo
a la preceptora que no se sentía bien y que se iba
del colegio.
-
Bueno, vos sos mayor y podés irte pero, tengo que
ponerte falta.
- Está bien- balbuceó Mónica
Se
dirigió temblando, con el cuerpo que se le adormecía,
hacia donde estaban sus útiles. Los guardó
en el bolso y se fue. Antes de irse, algunos de sus compañeros
le preguntaron qué le sucedía pero, Mónica
no podía hablar, tenía la visión borrosa
y sus oídos zumbaban.
Salió de la escuela. El aire fresco de la noche pareció
reanimarla. Decidió caminar hacia la plaza en lugar
de tomar el colectivo que paraba en la esquina del colegio.
Supuso que, caminando, lograría apaciguarse. Pero,
al llegar a la esquina, el mareo fue mas intenso, su corazón
latía más fuerte, sus piernas le temblaban.
Las paredes de los edificios parecían que se les
iban a caer encima. Decidió, entonces, esperar el
colectivo en la esquina. A los pocos minutos llegó
éste, se subió, sacó el boleto y se
sentó en un asiento de dos al lado de la ventanilla.
Abrió ésta y comenzó a respirar hondamente.
Un hombre mayor sentado a su lado le pidió que cerrara
la ventanilla ya que, hacía frío. Mónica
hizo ademán para que la dejara en paz. El hombre
se sentó en otro sitio. Unas veinte cuadras después
comenzó a serenarse. Cerró la ventanilla.
El temblor, la taquicardia y el mareo comenzaron a desaparecer.
Cuando llegó a su casa, ya se sentía mejor.
Antes de entrar a ésta pensó: "no debo
preocupar a mi familia. Tengo que "actuar" como
si no pasara nada aunque, tenga que valerme de muchas pastillas"
Capítulo
22
Chartres
– Francia – 1826
Ya
hacía unos veinticinco años que Marcel trabajaba
en el cementerio. La soledad lo había llevado a embriagarse
casi constantemente. Una tarde, hacia fines de Octubre,
estaba esperando a que el sacerdote local terminara con
su discurso por el difunto, para poder sepultarlo y una
vez que, los deudos se alejaran, poder beber algo. El sacerdote,
unos momentos antes, le había obsequiado una Biblia
y le había dicho que buscara refugio en ella. Marcel
guardaba un poco de desconfianza hacia los clérigos.
Le recordaban al párroco que lo golpeaba en su infancia.
-
Lo que me gustaría, padre, es que alguien me visitara
y hablara conmigo de vez en cuando. Pero, nadie viene a
verme. Y de éstas tumbas, nadie se levanta como Lázaro.