Pareciera que muchos suponen
que el libre albedrío prácticamente no tiene
límites; es decir, consideran su libre albedrío
como un recurso ilimitado.
Pero ¿realmente lo es?
No, no lo es.
Para ilustrar esto, supongamos que alguien, en pleno uso
de su libre albedrío, decide subirse a la cima del
edificio Empire State de Nueva York y una vez ahí,
arrojarse al vacío.
Ciertamente, en ese momento, como el libre albedrío
de esa persona cuenta con ambos elementos, el decidir y
el hacer, el personaje de nuestra fábula no sólo
lo decide arrojarse al vacío sino que lo hace.
Y supongamos que una vez hecho eso, al ir cayendo y pasando
del piso 140 al 139, 138, etc., decide de pronto cambiar
de opinión y también en uso de su libre albedrío,
decide que siempre no quiere terminar en el piso.
¿Podrá su libre albedrío, así
como tuvo el poder de arrojar a esa persona al vacío,
tener el poder suficiente para revertirlo?
No. Porque aunque tenga de todas maneras la facultad de
decidir -decide no acabar estrellándose en el piso-,
esto no es suficiente porque falta la facultad de hacer:
El libre albedrío ya no es tal.
Recordemos: Facultad de hacer, facultad de decidir constituyen,
juntas, el libre albedrío.
Cuando falta la presencia de una de ambas facultades, sea
la facultad de decidir o la facultad de hacer, cuando hay
ausencia de alguna de ellas, puede decirse que el libre
albedrío está inhabilitado, no funciona como
tal.
El
Libre Albedrío: Decidir y Hacer
El libre albedrío consiste fundamentalmente de dos
cosas, no solo de una, como muchas veces se malinterpreta.
Y esas dos cosas son: la facultad de decidir y la facultad
de hacer, las que muchas veces se parecen pero no son lo
mismo.
Si analizamos cuidadosamente esta sencilla distinción,
veremos cómo todo se ilumina. Muchas veces el ser
humano llama libre albedrío a algo que decide y que,
sin embargo, no puede hacer; ¿donde estaría
entonces la libertad o el libre albedrío? Si decidimos
algo que nos es imposible, ¿como podemos entonces
ejercer nuestro libre albedrío?
Igual sucede con los dones, y es por eso que muchas veces
nosotros no podemos manifestar los dones que llevamos.
Porque no basta con tener el don, debemos tener también
el poder para ejercerlo. Y ¿de dónde brota
ese poder? De la facultad de hacer y decidir, es decir,
de nuestro libre albedrío, de nuestra libertad, del
ejercicio de nuestra voluntad.
Así veremos por ejemplo, que en el caso de un suicida,
ya no tiene éste la este facultad más que
de hacer, porque ya no puede decidir debido a la turbación
y confusión provocada por un intenso sufrimiento.
En otras ocasiones, en el caso de los vicios, ya no se tiene
la facultad de hacer, solo la de decidir. Es decir, aún
dándose cuenta una persona de lo dañino que
es un vicio y aún tomando la firme decisión
de superarlo, le resulta imposible ejecutar su decisión.
Es solo cuando estamos en presencia de ambas cosas, de ambos
elementos, cuando verdaderamente estamos ante un pleno libre
albedrío.
Fuente:
El tercer testamento