Publicado
Boletín nº 10
"El
profundo erotismo del Tantra"

El
Tantra nos enseña a los hombres, que quien toda mujer
encarna a Shakti, tendrá hacia ella una actitud muy
diferente a la del hombre-varón común.
Para
él, ella no es un objeto sexual que hay que cortejar
para obtener sus favores, ni una presa de caza.
El
tántrico no es alguien que se la pasa ligando ni
un Don Juan. Sola con él, la mujer no tiene nada
que temer: estará segura, será libre
de comportarse como quiera. Respetada, en ningún
momento será molestada.
En
el plano sexual el hombre y la mujer se separan desde el
punto de vista del orgasmo, lo que significa un extraordinario
viraje evolutivo.
Durante
el orgasmo, el hombre siente como mucho tres o cuatro contracciones
mayores, seguidas de algunas otras, menos intensas, todas
localizadas en la región genital. Inmediatamente
después se desinteresa del sexo. La sangre abandona
el pene, que queda blando, y todo se ha de recomenzar pasado
cierto tiempo.
Para
la mujer el proceso es totalmente distinto. Normalmente,
ella siente de cinco a ocho contracciones principales, luego
de nueve a quince secundarias que irradian por toda la pelvis.
Lejos de haber terminado, para ella el sexo apenas comienza.
Al
contrario del hombre, no hay desentumecimiento de los órganos
genitales; si sabe cómo hacerlo, casi inmediatamente
puede vivir un nuevo apogeo de placer, luego otro y todavía
otro si quiere. En realidad, cuantos más orgasmos
tiene una mujer, más puede tener, más se intensifican...
Toda mujer es físicamente capaz de experimentar
orgasmos múltiples. Simple cuestión
de práctica.
¿Una
obsesión humana?
Que
el sexo obsesione a nuestra especie no es, pues, ni depravación
ni lujuria, sino la marca del destino humano. Nuestra
especie está destinada al erotismo, juego
sutil donde el sexo, disociado y liberado de la pulsión
procreadora animal, abre a la pareja humana el acceso
espiritual total a través de dos seres en
el éxtasis amoroso.
En
el animal, la hembra se apodera del esperma para ser fecundada,
nada más. Más allá del goce inmediato
no busca ninguna fusión en otro plano, como, por
ejemplo, el de la meditación entre dos que, en el
ser humano, abre la vía a lo cósmico o universal.
El
problema de la disfunción sexual entre hombres y
mujeres nace del hecho de que el primer orgasmo femenino
es sólo un comienzo, mientras que la eyaculación
termina con la erección masculina e interrumpe la
experiencia: sólo el control eyaculatorio restablece
el equilibrio, por lo demás benéfico para
ambos.
En
el animal el contacto sexual está limitado a los
órganos genitales, por otra parte, el pelaje aislante
impide un contacto íntimo directo. En nosotros, toda
la piel, antena cósmica de millones de receptores
sensibles (según lo gnosticos y expertos en este
asunto), se ofrece a las caricias y permite intercambios
táctiles en la mayor parte del cuerpo.
Todas
estas diferencias exclusivas confirman que nuestra especie,
y sobre todo la mujer, está concebida para el sexo
y el erotismo como ningun otro ser sobre el planeta.
El
ser humano es fundamentalmente un ser sexual, el único
capaz de dar al acto sexual otras dimensiones que la procreación
pura y simple.
Algo
de erotismo
El
Tantra lo ha comprendido desde hace miles de años.
Incluso en el nivel hedonista y secular, el erotismo indio
(hindú es una religión de la India), concentró
siepre su atención en el estado íntimo de
la posesión erótica.
Las
largas secuencias de caricias y posturas que se recomiendan
en el Kamasutra, el Anangaranga y otros manuales, tenían
por objeto crear un estado de prolongado saboreo o deleite;
en ninguno de los dos textos aquí citados se trata
el orgasmo como un desahogo necesario, ni siquiera como
el objetivo principal, sino, simplemente, se le da por supuesto.
En
los niveles más altos del erotismo indio (gentilicio
de la India) el orgasmo se vuelve puramente una puntuación,
un incentivo del estado de continuo e intenso esplendor
físico y emocional que los amantes consiguen evocarse
mutuamente.
El
sexo no se considera una sensación, sino un sentimiento;
la atracción no es un apetito, sino un “contacto
de ojos”; en amor no es una reacción, sino
una creación cuidadosamente fomentada.
Su
sentido es un prolongado éxtasis mental y corporal,
cuyos fuegos se mantienen vivos continuamente por medio
de un compromiso y un estímulo prolongado de los
órganos sexuales, y no por el mero alivio recíproco.
Las posturas y las contracciones internas que tienen lugar
en el trascurso de la unión tántrica actúan
sobre esta base india de amor sexual.
Pero
la condición especial de esplendor interior que provocan,
sólo aparece cuando el foco erótico pasa,
de la personificación exterior y sensorial del deseo,
a la Diosa interior de la que todas las mujeres exteriores
son simples paradigmas. La mujer y el hombre, entonces,
son claves del deleite recíproco.
Esto
no significa que el uno pierda valor a los ojos del otro,
sino, más bien, lo contrario, porque cada uno de
ellos se vuelve Dios para el otro, y, además, los
ritos y los mantras que acompañan el acto sexual
llevan también cargas de energía acumulada,
derivadas de prácticas, estudio y costumbres anteriores,
realzando la actividad sexual con su propia fuerza.
Sonrían
los machos, pues en el ser humano la hormona erótica
es: ¡es la testosterona!
Es
verdad, el hombre y la mujer fabrican ambos a la vez hormonas
masculinas y femeninas, aunque él produzca diez veces
más testosterona que ella, y diez veces menos estrógenos.
Para ella es a la inversa, pero recordemos, sólo
la hormona masculina erotiza a la mujer.
En
la naturaleza, la mujer es, pues, el único caso de
disociación hormonal casi total entre el eros y la
procreación: mientras que la reproducción
corresponde a los ovarios, que secretan las hormonas femeninas,
las glándulas suprarrenales son las que destilan
la poca cantidad de hormona masculina necesaria para excitar
el centro del deseo, en alguna parte del cerebro femenino.
Fuente:
http://www.laregion.com.mx/
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