Hola,
soy Severn Suzuki y hablo por ECO (Environmental
Children’s Organisation), Organización Infantil
del Medio Ambiente. Somos un grupo de niños de 13 y 14
años de Canadá intentando lograr un cambio: Vanessa
Suttie, Morgan Geisler, Michelle Quigg y yo. Recaudamos nosotros
mismos el dinero para venir aquí, a cinco mil millas
para deciros a vosotros, adultos, que tenéis que cambiar
vuestra forma de actuar. Al venir aquí hoy, no tengo
una agenda secreta. Lucho por mi futuro.
Perder
mi futuro no es como perder unas elecciones o unos puntos en
el mercado de valores. Estoy aquí para hablar en nombre
de todas las generaciones por venir. Estoy aquí para
hablar en defensa de los niños hambrientos del mundo
cuyos lloros siguen sin oírse. Estoy aquí para
hablar por los incontables animales que mueren en este planeta
porque no les queda ningún lugar adonde ir. No podemos
soportar no ser oídos.
Tengo
miedo de tomar el sol debido a los agujeros en la capa de ozono.
Tengo miedo de respirar el aire porque no sé qué
sustancias químicas hay en él. Solía ir
a pescar a Vancouver, mi hogar, con mi padre hasta que hace
unos años encontramos un pez lleno de cánceres.
Y ahora oímos que los animales y las plantas se extinguen
cada día, desvaneciéndose para siempre.
Durante
mi vida, he soñado con ver las grandes manadas de animales
salvajes y las junglas y bosques repletas de pájaros
y mariposas, pero ahora me pregunto si existirán siquiera
para que mis hijos los vean.
¿Tuvieron
que preguntarse ustedes estas cosas cuando tenían mi
edad?
Todo
esto ocurre ante nuestros ojos y seguimos actuando como si tuviéramos
todo el tiempo que quisiéramos y todas las soluciones.
Soy solo una niña y no tengo todas las soluciones,
pero quiero que se den cuenta: ustedes tampoco las tienen.
No
saben como arreglar los agujeros en nuestra capa de ozono. No
saben como devolver a los salmones a aguas no contaminadas.
No saben como resucitar un animal extincto. Y no pueden recuperar
los bosques que antes crecían donde ahora hay desiertos.
Si
no saben como arreglarlo, por favor, dejen de romperlo.
Aquí,
deben ser delegados de gobiernos, gente de negocios, organizadores,
reporteros o políticos, pero en realidad sois madres
y padres, hermanos y hermanas, tías y tíos, y
todos vosotros sois el hijo de alguien.
Aún
soy solo una niña, y sé que todos somos parte
de una familia formada por cinco billones de miembros, de hecho
por treinta millones de especies, y todos compartimos el mismo
aire, agua y tierra. Las fronteras y los gobiernos nunca cambiarán
eso.
Aún
soy solo una niña, y sé que todos estamos juntos
en esto y debemos actuar como un único mundo tras un
único objetivo.
En
mi rabia no estoy ciega, y en mi miedo no estoy asustada de
decir al mundo como me siento.
En
mi país derrochamos tanto… Compramos y despilfarramos,
compramos y despilfarramos, y aún así así
los países del Norte no comparten con los necesitados.
Incluso teniendo más que suficiente, tenemos miedo de
perder parte de nuestros bienes, tenemos miedo de compartir.
En
Canadá vivimos una vida privilegiada, plena de comida,
agua y protección. Tenemos relojes, bicicletas, ordenadores
y televisión.
Hace
dos días, aquí en Brasil, nos soprendimos cuando
pasamos algún tiempo con unos niños que viven
en la calle. Y uno de esos niños nos dijo: “Desearía
ser rico, y si lo fuera, daría a todos los niños
de la calle comida, ropas, medicinas, hogares y amor y afecto”.
Si
un niño de la calle que no tiene nada está deseoso
de compartir, ¿por qué somos nosotros, que lo
tenemos todo, tan codiciosos?
No
puedo dejar de pensar que esos niños tienen mi edad,
que el lugar donde naces marca una diferencia tremenda, que
podría ser uno de esos niños que viven en las
favellas de Río; que podría ser un niño
muriéndose de hambre en Somalia; una víctima de
la guerra en Oriente Medio o un mendigo en India.
Aún
soy solo una niña y se que si todo el dinero gastado
en guerras se utilizara para acabar con la pobreza y buscar
soluciones medioambientales, qué lugar maravilloso sería
la Tierra.
En
la escuela, incluso en el jardín de infancia, nos enseñan
a comportarnos en el mundo. Ustedes nos enseñan a no
pelear con otros, a arreglar las cosas, a respetarnos, a enmendar
nuestras acciones, a no herir a otras criaturas, a compartir
y no ser codiciosos.
¿Entonces
por qué salen fuera y se dedican a hacer las cosas que
nos dicen que no hagamos?
No
olviden por qué asisten a estas conferencias, lo hacen
porque nosotros somos sus hijos. Están decidiendo el
tipo de mundo en el que creceremos. Los padres deberían
poder confortar a sus hijos diciendo: “todo va a salir
bien”, “esto no es el fin del mundo” y “lo
estamos haciendo lo mejor que podemos”.
Pero
no creo que puedan decirnos eso más. ¿Estamos
siquiera en su lista de prioridades? Mi padre siempre dice:
“Eres lo que haces, no lo que dices”.
Bueno,
lo que ustedes hacen me hace llorar por las noches. Ustedes,
adultos, dicen que nos quieren. Os desafío: por favor,
haced que vuestras acciones reflejen vuestras palabras. Gracias.
Esta entrada
fue publicada el a las Junio 15, 2007 y está archivada
bajo las categorías 1992, ECO, ONU, Severn Suzuki, Suzuki,
cumbre de la Tierra, discurso, ecología, política.
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