Publicado
Boletín nº 18
Un
Mundo sin Noche
Los
Daños Ecológicos de la Luz Artificial
Por
Verlyn Klinkenborg

Vista
de la Ciudad de México desde el mirador de la Torre Latinoamericana
Foto de Adam Wiseman
Nuestras noches se esfuman
Si el hogar
del ser humano de verdad estuviera bajo la luz de la luna y las
estrellas, nos internaríamos en la oscuridad con gusto; el
mundo de la noche nos sería tan visible como para el vasto
número de especies nocturnas del planeta. Sin embargo, somos
criaturas diurnas, con ojos adaptados a la vida bajo la luz del
sol. Este es un hecho evolutivo básico, aunque muchos de
nosotros no nos concibamos como tales. Aun así, esta es la
única manera de explicar lo que hemos hecho a la noche: llenándola
de luz, la rediseñamos para que nos dé cabida.
Este tipo de diseño no difiere mucho de aquel con el que
construimos presas en los ríos. Sus beneficios presuponen
consecuencias –que se traducen en contaminación lumínica–,
y sus efectos apenas comienzan a estudiarse. En general, la contaminación
lumínica es resultado de una iluminación mal planeada,
la cual permite que la luz artificial brille hacia afuera y hacia
arriba, en dirección al cielo; en vez de esto, debería
concentrarse hacia abajo. Esta desvanece la oscuridad y altera radicalmente
los niveles de luz –así como sus ritmos–, a los
cuales muchas formas de vida, incluida la nuestra, se han adaptado.
Cada vez que la luz humana se desborda en el mundo natural, algún
aspecto de la vida –la migración, la reproducción,
la alimentación– se ve afectado.
Durante gran parte de la historia humana, el término “contaminación
lumínica” no habría tenido sentido. Hoy en día,
la mayor parte de la humanidad vive bajo domos intersecados de luz
que se refleja y se refracta, de rayos dispersos que provienen de
ciudades, suburbios, de carreteras y fábricas demasiado alumbrados.
Casi en su totalidad, la noche europea es una nebulosa de luz, así
como la mayor parte de la de Estados Unidos y toda la de Japón.
En el Atlántico del sur, el brillo de una sola flota de pescadores
de calamar, que atraen a sus presas con lámparas de halogenuro
metálico, se puede ver desde el espacio ya que su luz, de
hecho, brilla más que la de Buenos Aires o Río de
Janeiro.
En muchas ciudades, parece que el cielo se ha quedado sin estrellas,
las cuales han sido sustituidas por una bruma vacía que refleja
nuestro miedo a la oscuridad y recuerda el fulgor de una apocalíptica
novela de ciencia ficción. Nos hemos acostumbrado tanto a
esta omnipresente bruma naranja que la antigua gloria de las noches
oscuras –tan negras que el planeta Venus proyectaba sombras
sobre la Tierra– está mucho más allá
de nuestra experiencia, casi más allá de la memoria.
Y aun así, por sobre el pálido cielo raso de la ciudad,
se extiende el universo: un fulgurante racimo de estrellas, planetas
y galaxias que brillan en una oscuridad de apariencia infinita.
Hemos alumbrado la noche como si fuese un terreno baldío,
lo que no podría estar más alejado de la realidad.
Tan sólo entre los mamíferos, la cantidad de especies
nocturnas es asombrosa.
La luz es una fuerza biológica poderosa;
funciona como un imán para muchas criaturas. Su influencia
es tan poderosa que los científicos sostienen que las aves
canoras y las marinas son “encandiladas” por reflectores
en tierra o por la luz de las balizas de gas de las plataformas
petroleras marinas, lo cual las hace dar vueltas y vueltas hasta
que caen. Al migrar de noche, las aves son proclives a chocar con
edificios altos y muy alumbrados.
Por supuesto, los insectos se amontonan alrededor de los faroles,
por lo que muchas especies de murciélagos se han habituado
a alimentarse en ellos. En algunos valles de Suiza, el murciélago
pequeño de herradura comenzó a desaparecer tras la
instalación de alumbrado público, quizá porque
estos valles de pronto se llenaron de murciélagos enanos
atraídos por la luz. Otros mamíferos nocturnos –incluidos
roedores del desierto, murciélagos de la fruta, zarigüeyas
y tejones– se alimentan con más precaución bajo
el permanente fulgor nocturno, ya que se han convertido en blancos
más fáciles para sus depredadores.
Algunos pájaros –mirlos y gorriones, entre otros–
cantan a deshoras en presencia de luz artificial. Los científicos
han determinado que los días artificialmente largos –y
las noches artificialmente cortas– provocan reproducción
temprana en una amplia variedad de aves. Y dado que los días
más largos causan periodos de alimentación más
extensos, también pueden trastornar los patrones de migración.
Una población de cisnes de Beckwick, que invernaba en Inglaterra
acumuló grasa más rápidamente de lo habitual,
lo que los condujo a adelantar su migración a Siberia. Partir
antes podría significar llegar cuando las condiciones de
anidamiento aún no son óptimas.
En época de desove, las tortugas marinas, que muestran preferencia
natural por las playas oscuras, encuentran cada vez menos lugares
donde anidar. Sus crías se ven atraídas por los horizontes
más brillantes y con mayor reflexión de luz y, se
confunden con el alumbrado artificial que está detrás
de la playa. Tan sólo en Florida, las pérdidas en
crías de tortuga suman cientos de miles cada año.
Las ranas y los sapos que viven cerca de carreteras muy alumbradas
sufren de niveles lumínicos nocturnos hasta un millón
de veces más intensos que los normales, lo que desequilibra
casi todos los aspectos de su comportamiento, incluyendo los cánticos
corales nocturnos de los sapos en época de reproducción.
De todos los tipos de contaminación que enfrentamos, la lumínica
quizá sea la más fácil de remediar. Unos cambios
sencillos en los diseños y la instalación de alumbrado
se traducirían en cambios inmediatos en la cantidad de luz
que se dispersa a la atmósfera y, en muchas ocasiones, en
un ahorro inmediato de energía.
Alguna vez se pensó que esta alteración sólo
afectaba a los astrónomos, quienes necesitan observar el
cielo nocturno en toda su gloriosa claridad y, de hecho, algunos
de los primeros esfuerzos de la sociedad civil para controlar la
contaminación lumínica –en Flagstaff, Arizona–
se llevaron a cabo para cuidar la vista desde el Observatorio Lowell,
que se alza por encima de aquella ciudad. En 2001 se declaró
la primera ciudad internacional de cielo oscuro. Para este momento,
los esfuerzos por controlar la contaminación lumínica
se han extendido alrededor del mundo. Más y más ciudades,
e incluso países como la República Checa, se han comprometido
a reducir la iluminación no deseada.
A diferencia de los astrónomos, la mayoría de nosotros
podría no necesitar una visión ilimitada del cielo
nocturno; pero como muchas otras criaturas, sí necesitamos
la oscuridad, la cual es tan esencial para nuestro bienestar biológico,
para nuestro reloj interno, como la luz misma. La oscilación
regular entre la vigilia y el sueño en nuestras vidas –uno
de nuestros ritmos circadianos– es tan fundamental para nuestro
ser que alterarlos es como alterar la gravedad.
Durante casi todo el último siglo, hemos llevado a cabo un
experimento abierto con nosotros mismos al alargar el día,
al acortar la noche y provocar cortocircuitos en la respuesta sensible
del cuerpo humano a la luz. Las consecuencias de este nuevo y alumbrado
mundo se perciben con más claridad en criaturas menos adaptables
que viven bajo el resplandor periférico de nuestra prosperidad.
Sin embargo, la polución lumínica también podría
cobrarle una factura biológica a los humanos. Al menos un
estudio reciente ha sugerido una relación directa entre el
incremento de los niveles de cáncer de mama en las mujeres
y la brillantez nocturna de sus vecindarios.
Al final, los humanos no se ven menos atrapados por la perturbación
lumínica que las ranas de una charca cercana a una carretera
muy alumbrada. Al vivir bajo un fulgor creado por nosotros mismos,
nos hemos aislado de nuestro patrimonio evolutivo y cultural: la
luz de las estrellas y los ritmos del día y la noche. En
un sentido muy real, la contaminación lumínica provoca
que perdamos de vista nuestra verdadera posición en el universo
y que olvidemos la propia dimensión, la cual sólo
puede comprenderse de acuerdo con las dimensiones de una noche oscura
con la Vía Láctea –el límite de nuestra
galaxia– dibujando un arco en las alturas.
Verlyn Klinkenborg
vive noches muy oscuras en el área rural de Nueva York.
Fuente: http://ngenespanol.com/2008/11/01/un-mundo-sin-noche-los-danos-ecologicos-de-la-luz-artificial/
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