Con
las Drogas NO se Juega
Sofía
Montoya

El
consumo de drogas (sustancias o preparados con efecto estimulante,
deprimente, narcótico o alucinógeno) representa un problema
de salud pública cada vez más grave en todo el mundo,
ya que el aumento en el consumo de estos productos es vertiginoso,
y México no es la excepción.
Datos
obtenidos mediante la Encuesta Nacional de Adicciones difundidos por
los Centros de Integración Juvenil (CIJ), ubican a México
entre los 18 países con mayor consumo de drogas, siendo 14
en uso de marihuana y 10 en cocaína. Las cifras no mienten.
Aun cuando los niveles de consumo son muy bajos con respecto a Estados
Unidos, se sabe que, por ejemplo, entre 1993 y 1998 el número
de mexi-canos que utilizó drogas ilícitas, por lo menos
alguna vez en su vida, pasó de un millón y medio a dos
millones y medio.
El
problema es grave si consideramos que el consumo de drogas, legales
o no, origina o interviene en la aparición de diversos problemas
sociales (violencia, marginación, problemas familiares, robos),
político-económicos (su comercio origina desestabilización
y conflictos) y de salud, ya que el uso de estas sustancias desencadena
otras enfermedades y tiene efectos secundarios; trastornos cardiacos,
depresión, pérdida de memoria o paranoia son sólo
algunos de ellos.
Aunque
gobiernos y sociedad civil emprenden programas de rehabilitación,
el mejor remedio para este mal es la prevención, a través
de la difusión de información y una comunicación
plena y satisfactoria que permita a los consumidores potenciales buscar
salidas alternas a los problemas que les oprimen.
Orígenes
y factores de riesgo
Es
bien cierto que en las culturas del México prehispánico,
con carácter marcadamente ritual, era co-mún el uso
de plantas alucinógenas (peyote, hongos, toloache) por parte
de brujos y chamanes, quienes buscaban percibir otras realidades del
mundo, aunque esto ocurría sólo de manera ocasional
y tras ardua preparación.
Hechos
como este fueron retomados y malinterpretados a partir del decenio
1960-1970, cuando miles de jóvenes buscaron formas de acercarse
a la naturaleza, negando a la vez la industrialización; según
ellos, recurrir a las antiguas civilizaciones y sus prácticas
espirituales era una forma de lograrlo. La verdad es que el uso masivo
e incontrolado de estas sustancias sólo consiguió resultados
contraproducentes.
El
uso de drogas se degradó aun más, y los problemas sociales
de desempleo, sobrepoblación, contaminación y violencia
llevaron a los chicos a retomar los alucinógenos para huir
de una realidad opresiva, si bien hay quienes se inician en las drogas
"por curiosidad".
Ello
se confirma a través de la documentación de los centros
de rehabilitación que se ocupan de estos casos, pues en ella
se encuentran casi siempre las mismas respuestas de por qué
se inicia el consumo de drogas: superar angustias, problemas o tristeza,
relajarse y divertirse, relacionarse mejor con los demás, sentir
que se revelan frente al sistema social, probar lo que se siente,
buscar experiencias novedosas, combatir apatía y aburrimiento
a través del riesgo y violar las normas.
Se
ha observado también que hay factores de riesgo que condicionan
el consumo de estupefacientes: autoestima negativa (inseguridad, descontento
ante cualidades propias), tener amigos que ya consumen drogas, sensación
de incomprensión, aislamiento, abandono de los estudios, falta
de actividades participativas y creativas donde expresar habilidades
y serias dificultades con la familia: problemas de comunicación,
maltrato, abandono.
Consecuencias
de su uso
En
términos generales, las drogas introducidas en el organismo
por diferentes vías se alojan en el torrente sanguíneo
y llegan al cerebro, alterando su funcionamiento normal, es decir,
la producción, liberación o degradación de sustancias
bioquímicas naturales llamadas neurotransmisores, que son las
"palabras" a través de las cuales se comunican las
neuronas y tejidos del cerebro.
De
esta forma es como las drogas alteran la percepción sensorial,
la sensación de dolor o bienestar y los ritmos de sueño-vigilia,
entre otras funciones. Estos cambios bioquímicos son promovidos
por el uso continuo de estupefacientes, por lo que toda alteración
seria debe tratarse con medicamentos prescritos por el especialista,
con el objeto de restablecer el equilibrio natural y permitir el funcionamiento
normal del sistema neurológico.
Ya
en particular, citamos los efectos a largo plazo que ocasionan en
el organismo las drogas más consumidas. Se consideran las prohibidas
(marihuana, cocaína), las legalmente aceptadas (tabaco y alcohol),
inhalantes y algunos fármacos que mal empleados ocasionan adicción.
•
La marihuana vuelve distraída a la persona que la
fuma; confunde la noción del tiempo, dificulta el pensamiento
y la concentración, distorsiona la percepción y el
sentido de la realidad, provoca irritabilidad, insomnio y debilidad,
a la vez que ocasiona alteraciones en su vida social. Asimismo,
incrementa el riesgo de afecciones respiratorias, pues es necesario
casi un mes para que el cuerpo elimine el efecto de un solo cigarrillo
de marihuana.
•
Cocaína. Su uso prolongado ocasiona dolor abdominal,
nauseas, vómitos, respiración irregular, convulsiones
y paro cardiaco. La mezcla de coca con bicarbonato sódico
es conocida como crack, y es mucho más tóxica; además
de los daños ya mencionados, afecta directamente a los pulmones.
La inyección de cocaína con jeringas contaminadas
puede producir Sida, hepatitis y otras enfermedades.
•
El alcohol origina múltiples daños; entre
ellos: hipertensión arterial, daños a cerebro y corazón,
gastritis, úlcera, hepatitis, cirrosis, deterioro de la capacidad
intelectual y de movimiento, alucinaciones, anemia, agresividad,
y largo etcétera.
•
El tabaco favorece enfermedades en vías respiratorias,
enfisema y cáncer broncopulmonar; asimismo, condiciona gingivitis
(inflamación de las encías), úlcera gástrica,
infarto, arteriosclerosis (engrosamiento y pérdida de elasticidad
de las paredes arteriales) y complicaciones en el embarazo, entre
otras.
•
Inhalantes (pegamento, solventes, thiner). Su uso repetido
ocasiona falta de coordinación, mal equilibrio, reducción
de memoria e inteligencia, estados de depresión o psicosis,
infartos cerebrales, trastornos de lenguaje y memoria, epilepsia,
trastornos de la sensibilidad y movimiento en las extremidades,
daño a hígado y riñones, leucemia (cáncer
en la sangre), bronquitis crónica, ceguera, sordera, daño
cerebral permanente y problemas respiratorios crónicos.
•
Las anfetaminas, empleadas como supresoras del apetito
o antidepresivos, producen insomnio, irritabilidad, trastornos en
la piel, desnutrición, depresión, psicosis, apatía,
inquietud y crisis afectivas con riesgo de suicidio. Su adicción
obliga a dosis cada vez más elevadas.
•
Somníferos o barbitúricos ocasionan trastornos
en el carácter, ansiedad, pérdida de peso corporal,
irritabilidad y dañan facultades mentales.
Fuente:
Extracto de la página de Internet “SALUD Y MEDICINA”